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Ginyu Igei: el maestro, el faro

Escuela donde Ginyu Igei enseñó antes de migrar a Perú. (Archivo familiar de Jorge Igei)

Ginyu Igei arribó a Perú con la aureola de sensei. Profesor en su natal Okinawa, el joven de 26 años estaba destinado a la escuela japonesa de Chancay (un distrito situado al norte de la ciudad de Lima), donde sería subdirector. Era 1934 y el mayor de seis hermanos partió de Kin, su pueblo, con la promesa elevada a su padre de retornar.

Llegó a Perú con su esposa, también profesora. Tuvieron tres hijos y tras su paso por Chancay se asentaron en Lima, donde Ginyu ejerció como director de Nanko Gakuen. Todo parecía milimétricamente encarrilado, pero la fatalidad se interpuso dos veces en el camino de la familia Igei.

Nanko Gakuen, escuela japonesa en Perú de la que fue director. (Archivo familiar de Jorge Igei)

El primer zarpazo fue la muerte de la esposa de Ginyu por una enfermedad. El sensei quedó viudo con tres niños, el menor de ellos casi recién nacido.

El segundo fue la Segunda Guerra Mundial, que echó definitivamente por tierra el propósito de Ginyu de retornar a Okinawa para cumplir con el compromiso que —como chonan— había establecido con su papá.

La guerra impidió que volviera a verlo.

SALVADO IN EXTREMIS

Ginyu Igei pudo haber emigrado a Hawái, pero el relato de un paisano que se había instalado en Perú y retornado temporalmente a Okinawa, donde compartió sus ricas experiencias en tierras peruanas, así como la oportunidad de codirigir una escuela japonesa, inclinaron la balanza hacia Sudamérica.

Además de enseñar, Ginyu materializó en Perú un anhelo que arrastraba desde Japón: ser agricultor. El okinawense dividía su tiempo entre la formación de niños y la producción de alimentos.

Quien narra la historia de este atípico issei es su cuarto hijo, Jorge, quien le debe su existencia a la intervención providencial del dueño de la hacienda en la que su padre cultivaba bananas durante la Segunda Guerra Mundial.

Ginyu fue incluido en la denominada lista negra que contenía los nombres de los inmigrantes japoneses que Perú, por encargo del gobierno estadounidense, tenía que detener y deportar a Estados Unidos.

La policía agarró al sensei, cuyo futuro parecía grabado en piedra (un campo de internamiento estadounidense). Lo salvó que mencionara al hacendado para el que trabajaba, un hombre de apellido Lavalle.

Para cerciorarse de que decía la verdad, la policía llamó a Lavalle, que resultó ser un funcionario de alto rango del gobierno peruano.

El hombre ratificó la información proporcionada por el okinawense y, además, elogió su capacidad como agricultor.

La policía soltó a Ginyu, que pudo continuar con su vida en Perú.

Que la educación japonesa estuviera prohibida por las autoridades peruanas durante la guerra no amilanó al sensei, que junto con otros profesores japoneses formaron escuelas clandestinas, en casas particulares, para enseñar nihongo a niños nisei.

Además de impartir conocimientos, con el dinero que ganaba como agricultor publicaba libros en japonés mimeografiados (material educativo) y ayudaba a issei insolventes a financiar la educación de sus hijos para que estos siguieran estudiando.

¿Cómo Ginyu podía ser profesor y agricultor, y al mismo tiempo padre viudo de tres niños? Cuando estaba ocupado en sus trabajos, su hijo mayor cuidaba de los dos menores o allegados al sensei —amigos, vecinos— velaban por los chicos.

La situación mejoró durante la posguerra, cuando la familia Igei creció —en número de integrantes, en amor— con la llegada de la segunda esposa de Ginyu, una nisei hawaiana de ancestros okinawenses.

Del matrimonio nació el cuarto hijo del profesor. Un enlace que no habría sido posible si Ginyu hubiera sido deportado a Estados Unidos. Sin la validación del hacendado Lavalle, “yo no hubiese nacido”, dice Jorge, director del Museo de la Inmigración Japonesa al Perú.

La llegada de su madre también fue importante para sus hermanos huérfanos. “Tuvieron calor de mamá”, dice Miriam, esposa de Jorge, quien recuerda a su suegra como una mujer alegre que “de todo se reía”.

Dicho sea de paso, en su natal Hawái ella fue testigo de un hecho que cambió la historia de la humanidad. El 7 de diciembre de 1941 vio aviones japoneses sobrevolando la isla y poco después escuchó unos bombardeos.

GINYU NO ESTABA LOCO

“Más que profesor quería ser agricultor. Su idea era emigrar para ser agricultor”, dice Jorge acerca de su papá. Y fue la producción de alimentos a lo que se dedicó a tiempo completo durante la posguerra.

Ginyu no cultivaba únicamente guiado por la experiencia o el instinto. Estudiaba, investigaba, tenía contactos en Japón para mejorar sus técnicas o que le enviaran insumos.

Produjo zapallos de cien kilos, sandías sin pepas y desafiando a los agoreros (“Oye, Igei, ¿estás loco? No vas a sembrar papas acá, esta no es zona de papa. Vas a quebrar”, le advirtió un vecino), produjo grandes cantidades de papa en una tierra virgen para el tubérculo.

Ginyu dedicó gran parte de su vida a la agricultura.

En la década de 1960, para no perder las tierras que poseían en medio de políticas gubernamentales antiextranjeras, Ginyu y su esposa se nacionalizaron: él pasó de ser japonés a peruano; ella, de estadounidense a peruana.

Cuando el campo le quedó chico, Ginyu añadió un hito a su trayectoria de hombre polifacético: incursionó en el comercio a través de una bodega, un restaurante y la venta de pianos (instrumento que también tocaba).

Además, actuó como promotor cultural en 1969, cuando llevó a Perú, Brasil, Argentina y Bolivia la película Vivir en Hawái, que documentaba la inmigración japonesa en el estado norteamericano.

En paralelo desarrolló una prominente carrera como dirigente en la comunidad nikkei, que lo llevó a la presidencia de la Asociación Fraternal Okinawense (hoy Asociación Okinawense del Perú) y la Sociedad Central Japonesa (hoy Asociación Peruano Japonesa).

Ginyu Igei (al medio, en la fila de los sentados) fue presidente de la Sociedad Central Japonesa en la década de 1970. (Archivo familiar de Jorge Igei)

Su fructífera labor le valió múltiples reconocimientos (entre ellos una condecoración del gobierno de Japón) que llenan las paredes de la casa de Jorge, que parece un santuario dedicado a su padre.

ORADOR, MEMORIOSO, CARISMÁTICO, BAILARÍN

¿Cómo era la persona detrás del personaje? “Con la familia era bastante parco, quizás por el idioma”, dice Jorge, quien recuerda a su papá como un conversador locuaz con gente que hablaba japonés.

Miriam evoca a su suegro como un eximio orador. “Podía decir discursos largos de memoria. Recordaba todo, todo: la historia, los datos, los nombres”, dice. “Pero con la familia era un poco más reservado por el idioma”, matiza en línea con lo dicho por su esposo. 

“Tenía bastante carisma. A veces había señoras occidentales que lo miraban agarrándole la mano, le tomaban mucho cariño. Despertaba ternura”, dice Jorge.

Físicamente menudo, sus dotes para la oratoria lo agrandaban. En las reuniones familiares o sociales, solía pronunciar los discursos. “Te hablaba con mucha fuerza”, rememora su hijo.

Miriam también lo describe como un hombre muy sencillo, que lo mismo trajinaba en el llano que se movía en ambientes encopetados.

“Veía a mi suegro lavando platos. ‘¿Y usted por qué está lavando los platos?’. ‘Es que la señora que ayuda está enferma’. ‘Pero hay otra persona’. ‘No, no, yo voy a ayudar’. Otro día lo encontrabas haciendo algo en la tienda. ‘¿Por qué está haciendo esta cosa?’. ‘Es que tengo que ayudar’. Y de allí tenía una comida en la embajada (japonesa). Podía estar haciendo una cosa tan cotidiana, ensuciándose y todo, y de repente se ponía bien simpático, con su corbatita, y se iba a un evento”.

Ginyu era muy estricto con respecto a los vínculos comunitarios y las responsabilidades sociales.

Jamás fallaba con los sobres para los deudos en los velatorios. Cumplía con todos. Apenas se enteraba de que había muerto alguien de la comunidad, le decía a Jorge “tenemos que ir”, aunque fuese tarde. Si le decían para ir al día siguiente, él replicaba: “Si yo me he enterado hoy día, tengo que ir hoy día”.

Ahora bien, Ginyu podía ser de un rigor monacal para honrar los compromisos morales, pero también un alma festiva. Jorge lo recuerda cerrando la fiesta de sus 97 años bailando y bailando, un alarde de vitalidad que contradecía su DNI.

UN UCHINANCHU DE MENTE ABIERTA

El hecho de ser sensei —en una comunidad donde los issei no habían tenido la oportunidad de cursar estudios superiores— traía consigo un estatus que lo distinguía. Jorge recuerda que a su padre lo llamaban otros inmigrantes para escribir cartas a Japón.

Aunque abandonó la enseñanza a mediana edad, Ginyu nunca perdió la voracidad por la lectura y se mantenía constantemente actualizado.

Jorge conserva en su casa libros que pertenecieron a su padre, entre ellos un ejemplar de Los Miserables en japonés publicado alrededor de un siglo atrás.

El sensei era un rara avis en el Japón de la década de 1930, un internacionalista en un país militarizado y ferréamente nacionalista. Incitaba a los jóvenes a migrar al extranjero para conocer el mundo (así también evitaban ser reclutados por el ejército) y Jorge cree que “haber leído a muchos autores occidentales debe haberle abierto la mente”.

En aquellos años Hawái era un destino soñado por los jóvenes okinawenses. Muchos uchinanchu habían migrado al archipiélago y hecho dinero, con el que retornaban a Okinawa como prósperos emprendedores, llenando los ojos de los lugareños.

Ginyu impartía clases a los jóvenes para nutrirlos de información básica sobre América y que no migraran a ciegas.

Aunque Ginyu sacaba pecho por Okinawa, lo hacía “sin sentimiento separatista”, aclara Miriam. “No era un chauvinista, era conciliador”, complementa Jorge. Ese espíritu de concordia hizo posible que se llevara bien con los naichijin en una época en la cual había en Perú una fuerte rivalidad entre los uchinanchu y los nacidos en la “isla grande”.

Jorge se dio cuenta de la estatura histórica de su padre en la comunidad gracias a la deferencia que le dispensaban los demás. “Me llamaba la atención que sus alumnos lo trataran con bastante respeto, mucha gente extraña le decía ‘Igei sensei’, agachaba la cabeza”, recuerda.

Ginyu murió en 2005, a los 97 años.

Ginyu, en la celebración de sus 97 años de vida. (Archivo familiar de Jorge Igei)

Que en Okinawa se haya estrenado una obra teatral sobre su vida y que las aulas de idioma japonés en el Centro Cultural Peruano Japonés lleven su nombre muestran cuán vivo está el personaje.

“Lo dimensionaba como una persona importante, pero quizá no en la magnitud que después he descubierto”, dice Jorge. 

Miriam recuerda que en los últimos años de vida de Ginyu cobraron mayor conciencia de su trascendencia. Cuando organizaban sus cumpleaños, había tanta gente que quería asistir que ellos tenían que levantar un dique para contener la marea humana.

“Todo el mundo quería ir, todo el mundo tenía una historia que contar acerca de él, ya sea porque lo ayudó cuando era joven, ya sea porque le enseñó, por diferentes cosas”, dice.

Por eso, ambos han transmitido a sus hijos que “es un orgullo ser Igei”. La luz del maestro es un faro sin caducidad.

 

© 2023 Enrique Higa Sakuda

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Acerca del Autor

Enrique Higa es peruano sansei (tercera generación o nieto de japoneses), periodista y corresponsal en Lima de International Press, semanario que se publica en Japón en idioma español.

Última actualización en agosto de 2009

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