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El pequeño inmigrante — Parte 2: Pinceladas de la historia

*Continuación de la parte 1, la siguiente historia es contada por el padre del autor, Masao Nakachi, desde una narración en primera persona.....

Masao Nakachi cuando llego a Peru

Yo había llegado a Lima en 1926. Tenía solo 16 años y se me veía más pequeño de talla que los limeños que frecuentaban el café donde trabajaba. No entendía nada de lo que pasaba pues no conocía el idioma. Me esforzaba con ahínco día y noche por aprender.

No conocía de política, pero en el café donde trabajaba, era la discusión principal de los clientes y, en un año, ya me atrevía a dar mi opinión y aparentar ser un conocedor del tema. En ese momento no me parecía un tremendo atrevimiento. Era muy joven todavía.

Eran los tiempos de Leguía. Leguía había ganado las elecciones en 1919, pero había organizado un golpe de estado en contra del Presidente Pardo, alegando que le quería impedir llegar a la presidencia. La ciudad señorial estaba llena de entusiasmo, de chismes y de críticas. Lima bullía de ideas y vivía la política.

Sus primeros años habían sido muy buenos. Supo aprovechar el desgaste de los “viejos” partidos y encaró la política con mentalidad empresarial, con la idea de financiar el desarrollo nacional a partir de los recursos propios y del ahorro interno.

En el ambiente de los cafés de Lima ya se hablaba de los planes del Presidente Leguía para asegurar su reelección y quedarse en el poder. Se oía de grandes créditos extranjeros. Se escuchaba que no había reactivado el aparato productivo y que había aumentado la deuda externa, que favorecía a sus allegados y a ciertos sectores de la clase media, y que lo que se recaudaba no lo redistribuía con eficiencia entre los más desfavorecidos. Sostenían que el progreso que parecían tener era una ilusión mantenida con la idea de créditos extranjeros por venir.

En 1930 cayó Leguía derrocado por Sánchez Cerro y, las discusiones de café tenían razón en una cosa: el Estado Peruano seguía tan débil como antes.

Pero, todos coincidía en que la ciudad de Lima era mucho más bella y señorial que antes. Su gobierno había coincidido con la conmemoración del primer centenario de la Independencia del Perú (1921) y de la victoria de la Batalla de Ayacucho (1924). Las colonias extranjeras en el Perú habían hecho hermosos regalos al Perú. Los monumentos, avenidas y edificaciones más bellos que enorgullecen a Lima datan de esa época. El Monumento a Manco Capac en La Victoria lo donó el Gobierno de Japón y el antiguo Estadio Nacional (que ya no es el mismo) fue un regalo de Gran Bretaña.

El café donde trabajaba estaba en la Colmena Izquierda. Quedaba entre la Plaza San Martín y el Parque Universitario. La Plaza San Martín no era lo que es hoy. No había edificios alrededor. En la plaza había cuatro fuentes de agua cristalina, de los que salían sonidos susurrantes y suaves, que añadían frescura a los jardines bien cuidados y a las personas que se sentaban a descansar en las relucientes bancas de mármol.

A lo lejos se podía ver, hacia la derecha el Hotel Bolívar y hacia la izquierda el Teatro Colón. Carruajes y autos elegantes se detenían delante de sus puertas. Entraban y salían Ministros, Embajadores, Príncipes, y hasta algunos Reyes. Al atardecer salían a pasear las señoritas con sus elegantes vestidos, siempre con guantes y sombreros, protegiéndose del sol con sombrillas finamente adornadas. Nunca iban solas. Paseaban a paso lento, conversando y riendo suavemente. No faltaban los jóvenes con sus piropos a flor de labio llenos de poesía y picardía por supuesto.

Algunas noches del mes, el Teatro Colón se iluminaba y se llenaba de gente, vestidas muy elegantemente, para gozar de famosas obras internacionales traídas a Lima.

Muy cerca estaba el Parque Universitario. El Gobierno Alemán había regalado la torre y el reloj del Parque Universitario. Cada hora podía oir sus campadas. Muchas personas se reunían en el Parque a mediodía para escuchar el repicar de las campanas y el Himno Nacional que salía del reloj de la Torre y se oía hasta muy lejos. Me gustaba ir al Parque Universitario.

La Casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos estaba allí, con sus grandes portones de madera abiertos, por donde podía ver sus jardines y mosaicos, sus barandas, y sus aulas. Siempre había grupos de universitarios afuera en el parque. Todos llevaban terno y corbata y sombreros de filtro, uno o dos libros bajo el brazo, una sonrisa y un piropo para cada muchacha bonita que pasaba cerca de ellos. Algunos más serios leían y estudiaban bajo las sombras de los árboles. ¡Cómo anhelaba ser uno de ellos!

Cada noche al irme quedando dormido, con un libro sobre el pecho y grandes esperanzas en el alma, podía escuchar las campanadas del reloj del Parque Universitario. Y, en la quietud del amanecer, el reloj me despertaba tan, tan, tan, cada mañana. Somnoliento y con frío me vestía para encaminarme al Mercado Central y reiniciar un nuevo día.

En ese tiempo se tenía que ir andando hasta el Mercado Central. No habían edificios ni tiendas, solo terrenos baldíos. A esa hora había poca gente y podía gozar de la tranquilidad de la caminata, aunque tenía que hacerlo a paso ligero. 

Al acercarme al mercado, el ambiente cambiaba. Ya desde lejos se oía y se sentía el bullicio de la gente. No había veredas ni pistas. Había que caminar con cuidado pues el agua corría por el borde del camino. Se oía el ruido de las carretas, el golpe de los bultos al caer al suelo, el grito y las voces de la gente.

- Caserito, caserito...vamos compre esto, fresquito y barato, decía la vendedora mostrando su mercancía.

Yo miraba, tocaba y apretaba cada una de ellas para ver si me decía la verdad. Me hacía el desinteresado y como que me iba al otro puesto.

- Chinito... mira, toca este...Está bien fresquito y baratito. Vamos pues.... ¿cuánto llevas hoy?

- Ya pues...Dame 5 kilos...¿cuánto es?

- 50 centavos nomás...

- No, no, no…muy caro. Te doy 20 centavos.

- Ya, ya... te doy tu yapa, y llévatelo por 25 centavos.

- Me lo envuelve bien y me lo pone en el costalillo.

Ilustración: Mercedes Nakachi Morimoto

En el Mercado aprendí a regatear, a saber escoger lo mejor, muchas palabras en castellano y algunas lisuras útiles para la vida diaria de un pequeño inmigrante.

- ¡Mierda…!, mascullaba entre dientes cuando el costal lleno pesaba tanto que me dolía la espalda y los brazos y las cuadras me parecían más largas que nunca. O cuando todo me salía mal.

- ¡Carajo…!, cuando alguien me molestaba mucho.

- ¡No me jodas…!, era la única frase que a veces alejaba a los que trataban de fastidiarme.

Algunos días me parecían buenos en el café. La Colmena Izquierda estaba en un lugar estratégico en Lima. Algunos clientes eran importantes y la mayoría no tan importantes. Algunos eran asiduos por un tiempo. Recuerdo especialmente a un caballero ingles muy callado. Siempre estaba muy elegante con terno y zapatos blancos. Se sentaba en una mesa y leía el periódico mientras tomaba café. Un día entró al café y dijo:

Good morning...

Desde entonces nunca dejé de aprender inglés. Me dejaba el periódico en inglés sobre la silla. Me compré un pequeño diccionario y todas las noches, a pesar del sueño y del cansancio, trataba de aprender una palabra o una frase.

Los domingos iba a la Escuela Dominical que quedaba al lado del Edificio del Congreso, que en ese entonces estaba en construcción. Allí noté por primera vez, sentada en las primeras bancas, a una jovencita que me fascinó por su belleza. Esperaba los domingos y creo que no faltaba a la iglesia, solo por verla aunque sea de lejos. Yo me sentaba en la parte de atrás y trataba de escuchar el sermón del pastor con atención, aunque me daba mi “cabeceadita” de vez en cuando, cuando se ponía algo aburrido. Después de un tiempo la jovencita y sus acompañantes ya no venían a la iglesia y con gran tristeza me enteré que se había ido a Huancayo a cuidar de su madre enferma.

En mis días libres salía a pasear. Usualmente iba al Parque Universitario. Me gustaba mezclarme con los estudiantes, sentarme a leer un libro, conversar y hacer amigos. A veces subía hacia la Plaza de Armas para ver el Palacio de Gobierno que había sido reconstruido después del incendio de 1921.

Pero, más me agradaba caminar hacia el mar. Bajaba pasando por el Palacio de Justicia, con sus grandes pilares y escalinatas, hasta el Museo de Arte, de arquitectura exquisita, obsequiado a la ciudad por el Gobierno de Italia. Seguía por la Avenida Leguía (hoy Av. Arequipa) o la Avenida Brasil recién abiertos en el Gobierno de Leguía. Para llegar a Chorrillos o Barranco o al Callao tomaba el tranvía. Me sentaba en el tranvía arrullado por el suave ronroneo y mecido por sus muchas paradas y arranques antes de llegar a su estación final.

El tranvía que venía de Chorrillos paraba en la Plaza San Martín. Muchos cadetes de la Escuela Militar de Chorrillos bajaban allí. Un cadete en particular venía frecuentemente al café y nos hicimos amigos. Muchos años más tarde volví a oir de el. Era el general Velasco Alvarado quien años después llegó a ser presidente del Perú.

El trabajo agotador y esclavizante y el clima de Lima, húmedo y frío en invierno, no me caían muy bien. Tosía mucho y me silbaba el pecho. El boticario me había dado una medicina que no me ayudaba nada. Me hice casero de una yerbera que me vendía una botella que me quitaba la tos, pero de todos modos quería que me viera un doctor. Un día escuché hablar de un hospital nuevo a unos estudiantes de medicina que vinieron al café.

- ¿Dónde estás haciendo tus prácticas?

- En el Hospital Arzobispo Loayza....No queda lejos de aquí

- ¿No fue recién inaugurado? Me dicen que es muy bonito y grande...

- Las monjas son muy estrictas. Y los doctores son de lo mejor.

En uno de mis días libres llegué hasta el Hospital Loayza, pero no me dejaron entrar. Me dijeron que era un hospital sólo para mujeres.

Finalmente se habían cumplido ya los siete años de mi contrato de trabajo, pero mi primo no me quería dejar ir. Después de ser durante siete años el primero en despertar y el último en dormir, de sentirme esclavizado, agobiado, no tuve más remedio que exigirle mi indemnización y pedirle, por mi salud, que me dejara ir. Había oído que para curarse del pulmón las personas se iban a Jauja donde había un buen sanatorio en las montañas.

No recuerdo si verdaderamente me sentía mal y agotado o solo quería irme de allí, pero no dudé en empacar, comprar un boleto y con mis ahorros irme a Jauja. Solo sabía que Jauja estaba muy cerca de Huancayo, y mi sueño ya no estaba en Lima sino allí.

Recuerdo el largo viaje en tren, su monótono sonido acompañando al palpitar de mi corazón y al renacer del anhelo y los sueños en mi alma… otra vez.

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© 2023 Graciela Nakachi

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Acerca del Autor

Nació en Huancayo, Perú. A los cuatro años sus padres decidieron radicar en Lima. Estudió en la Escuela Primaria Japonesa Jishuryo y en el colegio secundario “María Alvarado”. Becada por el Randolph-Macon Woman’s College en Virginia (USA), obtuvo el grado de Bachelor of Arts (BA) con mención en Biología. Estudió Medicina Humana y Pediatría en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) e hizo una Maestría en la Universidad Peruana Cayetano Heredia. Fellow en Pediatría en la Universidad de Kobe, Japón, trabajó como pediatra en el Policlínico y en la Clínica Centenario Peruano Japonesa. Fue pediatra intensivista en la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos (UCIP) y jefe del Departamento de Emergencias y Áreas Críticas en el Instituto Nacional de Salud del Niño (INSN) en Lima. Es Profesora Principal de la Facultad de Medicina de la UNMSM. Aficionada a la lectura, música y pintura.

Última actualización en diciembre de 2023

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