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Jishuryo: Escuela Santa Beatriz aquellos tiempos de nuestra niñez — Parte 1

Hace algunos días, después de muchos años, pasé por Jishuryo (hoy Centro de Educación Inicial Santa Beatriz), mi antigua escuela primaria.  El gran portón de ingreso a la escuela estaba cerrado. Vi que sigue allí el muro gris que lo rodeaba, pero por encima de él ya no sobresalen, como antes, las copas de árboles de pino ni los altos tallos y hojas de los bambúes de los jardines de entrada. El Jishuryo de los años cincuenta hasta los ochenta que yo recordaba, indesligable de la familia Nakachi y de Víctor, el inigualable portero, con gran tristeza, ya no estaban.

Así como Nakachi-san era más que un cocinero, Víctor era más que un portero. Ambos eran cuidadores de la escuela y de sus alumnos de muchas sin iguales maneras.

Víctor venía de muy lejos, pero sin faltar estaba tempranito todas las mañanas para abrir todos los salones de clases, la Dirección, la Sala de Profesores y el gran portón. Luego esperaba la llegada de los carros que traían a los niños. Conforme llegaban, los hacía entrar sin permitir que algún distraído se quedara afuera. Al sonar la campana cerraba el portón.

Con nuestros mandiles beige sobre los uniformes (las niñas, con falda tableada azul y chaqueta con cuello de marinero y corbata, y, los niños con terno plomo y camisa blanca) formábamos filas en el primer patio para los ejercicios matutinos. Nos formábamos de acuerdo con el año que cursábamos y el tamaño. Los más pequeños estaban atrás. Adelante se ponía el mejor alumno, seleccionado por el director, para guiar en el ejercicio. Prendía el parlante y empezaba el radio taiso: ichi, ni, san... 

Radio Taiso. Ilustración: Mercedes Nakachi Morimoto

Terminados todos los ejercicios nos enfilaban hacia los salones. Los salones eran amplios, con techos altos y grandes ventanales. Las puertas y los pisos eran de color marrón oscuro y las paredes color crema. Nunca, en todos mis años vi paredes sucias o pintarrajeadas. A veces se notaba en algunas carpetas el nombre borroso de algún alumno que quiso dejar la marca de su paso por ese salón. Solo la tiza salpicaba el piso al borrar la pizarra.

Cuando las motas estaban muy cargadas de tiza nos mandaban sacudirlas afuera, sobre las rejillas de metal que servían para limpiarnos los zapatos antes de entrar al salón. Nos sentábamos en carpetas de madera individuales, a un lado los niños y al otro lado las niñas. Cuando entraba el profesor, el alumno designado se paraba y decía en voz alta:

¡Kiritsu!–y todos a la vez nos poníamos de pie.

¡Rei! –y nos inclinábamos para saludar.

Teníamos diez minutos de recreo entre cada clase y un receso largo para el almuerzo de 11:30 a.m. a 2:00 p.m. La mayoría salía a jugar en el patio. Los niños jugaban en el segundo patio, que era de tierra, y las niñas en el primer patio. Los baños estaban entre los dos patios. Usualmente íbamos de dos en dos: le pedíamos a la mejor amiga hacer ban, es decir, cuidar que los muchachos no hicieran travesuras o abrieran la puerta sin darse cuenta.

El segundo patio era grande. Era tan grande que los festivales deportivos de la escuela se realizaban allí. El patio era de tierra, que Víctor apisonaba y endurecía todas las tardes regándolo con la manguera, después de las clases. Hacia delante había dos salones grandes con sus respectivas veredas y jardines con árboles que les proporcionaban sombra cuando hacía mucho sol.

Hacia la derecha estaban los salones más pequeños para los estudiantes mayores, las oficinas administrativas y los depósitos. Había una larga vereda que terminaba en una puerta que daba salida hacia la parte posterior de la escuela. Casi nadie la usaba. Hacia el fondo estaba el arenero y el caballito de madera, un largo tronco sobre el cual, aunque peligroso, nos gustaba columpiar. 

El primer patio era mi favorito. Los salones y los jardines rodeaban el patio. Los salones estaban a desnivel con el patio y se tenía que subir algunos escalones para llegar a una especie de porche, que conectaba dos salones, para poder entrar. Tenía un barandal de madera pintado de marrón oscuro y un techo de tejas lo cubría en toda su extensión.

Un jardín lleno de bambúes, floripondios, cucardas y geranios separaba los cuatro salones.  Un jardín más grande, lleno de cipreses, bambúes y grandes árboles de pinos, se veía a ambos lados del portón separando los salones del muro exterior. Las copas de los pinos se podían observar desde la calle. En el jardín de la izquierda, un angosto sendero llevaba del patio hacia una puerta de salida lateral. Entre la Dirección y los salones había otro sendero que llevaba hacia un largo corredor que conectaba la puerta lateral con la cocina de la escuela y los dos cuartos donde vivíamos los Nakachi.

Jishuryo pasó a llamarse “Escuela Santa Beatriz” por orden del gobierno peruano, aliado de Estados Unidos en la guerra contra Japón. Todas las escuelas japonesas tuvieron que cambiar de nombre.

Toda mi niñez la pasé en Jishuryo. Jugábamos en sus patios y en sus jardines durante las largas horas del almuerzo. Jugábamos a las escondidas, mama goto (a la casita), buscábamos a la tortuga que se escondía entre las matas para martirizarla con nuestros juegos infantiles, mientras observábamos con curiosidad cómo escondía su cabeza dentro de su caparazón o sus esfuerzos infructuosos, moviendo desesperadamente sus cuatro patas, para recuperar su posición cuando la poníamos de espalda. Luego, compungidos, le acariciábamos la cabeza y le ofrecíamos lechuga y verduras que habíamos pedido a mi padre, Nakachi-san.

Los árboles proporcionaban sombra sobre los escalones, veredas y barandas, donde nos sentábamos a jugar, a conversar o a descansar. Daban frescura a los salones donde tomábamos las clases, somnolientos y sudorosos, después de haber correteado por más de dos horas. ¡Cuántos parches le tuvieron que poner a mi hermano Lucho por caerse de las ramas de los árboles que trataba de subir! Bajo las sombras de los árboles hicimos la Primera Comunión, competimos en las fiestas deportivas, recibimos nuestros premios a fin de año, y nos graduamos de primaria.

Durante las largas horas de recreo, los niños jugaban en el segundo patio de tierra, donde estaban los arcos de fútbol, la canasta de basketball, el caballo de madera para columpiarse, el arenero y la casita de los perros guardianes. Las niñas solíamos permanecer en el primer patio jugando jax, mama-goto (a la casita), que pase el rey, escondidas, inmóvil, bata (una especie de softball sin bate).

Usualmente jugábamos bata con equipos mixtos cuando nos tocaba hacer Educación Física, en la tarde, y nos cambiábamos con los uniformes de gimnasia: camisas blancas y shorts negros bombachos. Para hacer Educación Física, los niños lo hacían en el segundo patio y nosotras en el primer patio.

Pidiendo permiso podíamos jugar en el arenero. Con pequeños baldes llevábamos agua para mojar y moldear la arena. Construíamos castillos, moldeábamos figuras, excavábamos túneles. Con talento o sin él, nos divertíamos mucho hasta que un pelotazo, proveniente de los niños que jugaban fútbol, acababa con nuestra creación entre gritos de protesta y de disculpas. Siempre acudía la profesora de turno para apaciguar los ánimos.

El comedor estaba entre el primer y el segundo patio frente a los baños. Era espacioso, con grandes ventanales entre las dos puertas de entrada corredizas. El techo era alto, como todos los edificios antiguos, y el piso era de mosaico blanco plomizo con ribetes verdes.  Las mesas y las bancas de madera antigua y sólida estaban distribuidas una junta a la otra, en dos largas hileras en el centro.

Otras mesas más angostas bordeaban todas las paredes del comedor. En las mesas del centro nos sentábamos unos frente a otros, pero en las otras mesas mirábamos hacia la pared o hacia la ventana. A la izquierda de la entrada estaba la mesita, algo mas baja, donde se colocaban las ollas de donde se servían los platos.

Almuerzo en el comedor de Jishuryo. Ilustración: Mercedes Nakachi Morimoto

Llegar a estar en el quinto año era un honor largamente esperado en Jishuryo. Los alumnos de quinto año, por turnos, ayudaban a poner las mesas, acomodaban a los niños y servían las mesas. Al sonar la campana, a las 11:30 de la mañana, todos salíamos corriendo hacia los patios. Uno que otro se asomaba por el portón del comedor para ver si ya estaba servida la comida. Veían, ansiosos y hambrientos, a Nakachi-san y a Víctor poner los platos llenos en las mesas.

Cuando el tiempo apremiaba, se perdía un poco la formalidad y los cubiertos y platos pasaban de mano en mano entre todos los alumnos que querían ayudar volando hacia las mesas.  Nakachi-san supervisaba:

–Este tiene muy poco, hay que poner más arroz... Este no tiene carne... –y le añadía lo que faltaba. 

Los alumnos de quinto año servían la mesa con formalidad, seriedad e importancia. A veces, permitían a algunos de los más pequeños poner el postre. Otros miraban esperando correr a tocar la campana para formar filas y entrar a comer. Hummm... ¡Qué hambre! Cuando alguien gritaba que ya estaba listo con un:

–¡Ya... pueden tocar la campana!

Varios hacían una carrera para ver quién ganaba para tocar la campana.

Después de lavarnos las manos formábamos fila para entrar mostrando las manos a las profesoras. Si no se había lavado bien, lo sacaba de la fila, lo mandaba a lavarse y lo dejaba al final de la cola. Entrábamos ordenadamente, nos sentábamos y la profesora de turno decía, con todos al unísono, El Padre Nuestro. Y a comer...

–¡Itadakimasu...! –exclamábamos al unísono.

La algarabía era tremenda. Comíamos y hablábamos. Los más rápidos y glotones alzaban la mano para repetir. Víctor o uno de los mayores se acercaba para servirle un segundo plato. Y así seguían alzando la mano hasta que, al ver la olla vacía, alguien gritaba:

–Ya no hay más...

Teníamos que esperar que todos terminaran de comer, luego salíamos ordenadamente. Ya en la puerta, corríamos a los patios para empezar a jugar hasta que sonara el timbre de inicio de las clases de la tarde.

Después que salían todos los alumnos que se quedaban a almorzar, que eran la gran mayoría, en fila y en orden, algunos tristes por no haber alcanzado a tener el okawari, pero todos contentos por poder jugar mucho hasta el inicio de las clases de la tarde, se limpiaban las mesas para el segundo turno del almuerzo en la escuela. En este turno estaban los alumnos mayores por un lado y los profesores de turno por otro lado. El almuerzo para ellos era mejor.

Los profesores comían con tranquilidad, con una larga sobremesa. Desde allí podían escuchar la algarabía de los niños en sus juegos y los alumnos mayores de turno, desde la mesa donde estaban, podían mirar y cuidar de los más pequeños. De vez en cuando el almuerzo era interrumpido por un niño llorando por una caída o un golpe que requería atención. Y se daba fin al almuerzo con un leve suspiro.

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© 2024 Graciela Nakachi Morimoto

Colegio Santa Beatriz Jishuryo Lima Perú
Acerca del Autor

Nació en Huancayo, Perú. A los cuatro años sus padres decidieron radicar en Lima. Estudió en la Escuela Primaria Japonesa Jishuryo y en el colegio secundario “María Alvarado”. Becada por el Randolph-Macon Woman’s College en Virginia (USA), obtuvo el grado de Bachelor of Arts (BA) con mención en Biología. Estudió Medicina Humana y Pediatría en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) e hizo una Maestría en la Universidad Peruana Cayetano Heredia. Fellow en Pediatría en la Universidad de Kobe, Japón, trabajó como pediatra en el Policlínico y en la Clínica Centenario Peruano Japonesa. Fue pediatra intensivista en la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos (UCIP) y jefe del Departamento de Emergencias y Áreas Críticas en el Instituto Nacional de Salud del Niño (INSN) en Lima. Es Profesora Principal de la Facultad de Medicina de la UNMSM. Aficionada a la lectura, música y pintura.

Última actualización en diciembre de 2023

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