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La historia de Doctor Rokuro Tojo, el pionero—Parte 1

Cuán cierto es el dicho que argumenta que “La vida da muchas vueltas”.

Sin embargo, en ocasiones, no es que se regrese al mismo lugar o tiempo, sino a una situación del pasado muy parecida desde la que reconocemos la anterior. Como en una escalera caracol, regresando al mismo punto, pero en diferente plano.

Rokuro Tojo

En mi caso particular, y el de mi abuelo por parte materna—Rokuro Tojo (o “Todio”, como fue registrado al ingresar a Perú como inmigrante)—, sucedió que, por circunstancias de la vida, tuvimos que cruzar el Océano Pacífico en busca del bienestar familiar, repitiéndose las mismas coyunturas y motivaciones, 80 años después.

Al analizar las circunstancias que vivió mi abuelo para emprender la travesía hacia Perú, encontré mucha similitud con las que me hicieron hacer lo mismo.

Si bien es cierto, no lo pude conocer, pues falleció antes de que yo naciera, por intermedio de sus hijas (mi madre y mis tres tías), escuchamos su historia a puertas cerradas, como si se tratase de algo vergonzoso, pues, como verán más adelante, purgó prisión; hecho que las hijas mantuvieron guardado por muchos años, hasta que en 1991 el Colegio Médico del Perú le otorgó un “Reconocimiento Póstumo”, junto con otros cuatro destacados médicos japoneses que entregaron su valioso aporte a la medicina peruana.

En estas notas deseo compartir la historia del pionero de mi familia, Rokuro Tojo –“el doctor Todio” – en primera persona, basándome en los testimonios, apuntes, fotografías de la familia, recortes periodísticos e investigaciones que he podido realizar.

* * * * *

Doctor Tojo, el pionero

Me llamo Rokuro Tojo (Todio). Nací en 1882, en una ciudad pequeña llamada Kitakata, en la prefectura de Fukushima, donde la pobreza era extrema y el desempleo obligaba a los más jóvenes a abandonar los campos de cultivo porque no había dinero para comprar semillas para sembrar.

Aun en situación tan difícil, mis padres siempre se esforzaron en ofrecerme la mejor educación y conseguí terminar mis estudios de secundaria superior (kōkō), para luego seguir estudios de obstetricia y farmacia, lo que sería determinante en mi vida.

Al término de mis estudios trabajé como practicante con varios médicos farmacéuticos. Sin embargo, no era lo suficiente para mantener a una familia. Inmigrar a otros países, algo que se tornaba popular entre jóvenes de las provincias japonesas, terminó siendo la alternativa.


Oportunidad y decisión

Un buen día, un amigo íntimo vino con la noticia de que se había inscrito para viajar a países de Sudamérica y me contó de las experiencias de otros muchachos que habían viajado y que en poco tiempo de trabajo enviaban dinero a sus familiares.

Pero lo que me llegó a entusiasmar fue que la agencia que lo contrató le comentó que, al estar viajando muchas familias con niños pequeños, buscaban profesionales del área médica para la atención de los inmigrantes contratados por las haciendas. Luego de pensarlo mucho, y con la aprobación de mis padres, me inscribí para viajar al Perú y ejercer mi profesión de obstetra y farmacéutico.


La partida

Año 1910, mayo 11. Nos encontramos en el puerto de Yokohama a bordo del Buyo Maru1, el barco que nos llevará al Perú. En el puerto están familiares y amigos que vinieron a despedirme agitando sus manos y gritándome “ganbatte (esfuérzate)” y “genkide (cuídate…)”. Con un nudo en la garganta y dejando correr algunas lágrimas, me despedí gritándoles que muy pronto volveré.

Surcando el inmenso Océano Pacífico, cada día estamos más lejos de Japón y más cerca del Perú. A partir de ese momento surgieron las dudas y temores. “Me embarqué en un sueño por el bien de mi familia y no puedo defraudarles; por tanto, me esforzaré al máximo para lograr el éxito deseado y volver pronto con los míos”, pensé.


Llegada a “La tierra prometida”

Luego de una travesía de 49 días, el 28 de junio de 1910 llegamos al puerto del Callao. Después de tantos días en altamar, no veíamos las horas para bajar a tierra firme; sin embargo, el viaje aún no había terminado y la nave tenía que seguir su itinerario, dejando de puerto en puerto a las familias y jóvenes contratados por las haciendas, según los lugares a los que fueron designados.

Y así fueron pasando los días, despidiendo a los amigos de viaje hasta que nos tocó a nosotros. Un grupo de 12 personas desembarcamos en el puerto de Cerro Azul, para luego ser trasladados en carretas hasta la hacienda Santa Bárbara en San Luis de Cañete.

Al llegar a la hacienda azucarera nos instalaron en pequeñas barracas confeccionadas con materiales muy distintos a las de las viviendas en Japón: paredes de adobe, el techo de tronco de madera y caña. En cada alojamiento nos instalaban en grupos de a seis, y en caso de las familias, dos por casa.

En mi caso, por tener un contrato diferente al de mis compañeros de viaje, me tocó una casa muy cerca de la tienda de abarrotes que constaba de dos habitaciones: la del fondo sería mi alojamiento y la del frente funcionaría como consultorio-farmacia.

Al día siguiente muy temprano, el personal de la hacienda comenzó a distribuir a los recién llegados en grupos, según la experiencia de cada uno. Algunos fueron a labrar la tierra, otros a la siembra y recolección, o a la planta de procesamiento y almacenaje.

Por mi parte, desempaqué mis libros de medicina y algunos instrumentos básicos, para luego acondicionar el local para la atención de las parturientas. Pedí también materiales adicionales para el consultorio, los que tardarían en llegar unas dos semanas desde Lima, y comencé a recorrer la hacienda visitando a las familias con la finalidad de presentarme y conocer su estado de salud.

Luego de algunas semanas de atención ya se había corrido la voz entre los peones locales sobre la posta médica que ya había entrado en funciones, atendida por un médico japonés. Y poco a poco fueron llegando para atenderse desde simples resfriados a otras lesiones. Muchos de los que venían eran trabajadores peruanos de la hacienda, por lo que debí recurrir muchas veces a la ayuda del señor Maeda, quien atendía la tienda de abarrotes, para que me sirviera de traductor.

Por la necesidad de comunicarme con los pacientes tuve que aprender el español, y en poco tiempo ya podía comunicarme con lo básico. Ahora venían también de otras haciendas vecinas y, aunque el tratamiento para muchos de sus males no era de mi especialidad, mis conocimientos en preparación de medicamentos fueron muy útiles.

En lo que a mi especialidad respecta, en la hacienda había muchas familias japonesas que llegaron tres o cuatro años antes que yo. Algunas de las esposas estaban a la espera de un retoño, sin ninguna atención especializada, más que la experiencia de sus vecinas.

Mi trabajo era asistirlas durante el parto y ver también por la salud del recién nacido. Muchas veces tenía que atender a las esposas de los trabajadores japoneses de otras haciendas cercanas como la Casa Blanca, La Quebrada, Unanue etc., debiendo movilizarme a caballo y en viajes que demoraban varias horas.

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Nota: 

1. Buyo Maru: Fuente de información, “Pioneros. Base de datos de los inmigrantes japoneses en el Perú. 1899 - 1941.”

 

© 2023 Takahashi Takashi

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Acerca del Autor

Takashi Takahashi es nikkei de segunda generación, nació en Lima, Perú. En junio de 1989 llegó a Japón como dekasegi y durante 20 años se desempeñó como traductor de una compañía contratista en diferentes fábricas de la región de Kanto, además de ser responsable de traducir los manuales de seguridad y procedimiento de trabajo. Actualmente trabaja en la Asociación Internacional de Moka (MIA), donde brindan asistencia a los extranjeros en los trámites municipales, traducción de los comunicados oficiales emitidos por el gobierno local y sobre la vida diaria, entre otros.

Participa activamente en la enseñanza del idioma español y conservación de la identidad en niños peruanos, además de difundir la cultura peruana a través del baile. Expositor en temas relacionados con los nikkei peruanos en Japón. 

Última actualización en diciembre de 2023

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