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Sata Andagi

No sé cuándo llegaste a mi vida,  solo sé que ahora eres parte de ella, de mi cultura, de mis raíces, de mis recuerdos, de ser nikkei, de algo muy importante: “el ser uchinanchu1”.

Cuando te veo a veces eres una flor, otras una mujer que me sonríe, que me enamora, o tal vez una madre embarazada que lleva en su vientre un tesoro. Dicen que antes eras solo para los nobles, ahora eres tan democrática que eres para todos. Invitada especial en las celebraciones más felices de nuestras vidas: como en un cumpleaños, también cuando el novio va a pedir la mano de su amada, llegar hasta el kekkonshiki2, najiki3, tanka4. Eres sinónimo de que vienen cosas buenas, infaltable en los tushibi5, celebrando cuando es nuestro año, porque así lo decía la obachan6, tenías que estar ahí presente, en todos nuestros sucesos importantes para celebrar. Algunos dicen que viniste de la China, puede ser de Taiwán, no lo sé, eso no importa, solo sé que saliste de Okinawa para enamorar y dar felicidad a todo el mundo.

De tierras muy lejanas llegaste, desde oriente, del  país del sol naciente, pero no de la gran isla, más bien de una más pequeña, de Uchina7. Así es, con mucho orgullo lo digo, como de haber nacido en este país que escogieron nuestros abuelos, cruzando todo el azul del océano Pacífico para llegar al país de los incas. Ojí8 y obá9 te trajeron como chitu10 los que fueron al puerto a despedirlos o los que llegaron a su casa, que le dijeron—para llenar barriga en viaje— es que el camino era largo o quizás para que les dé buena fortuna, como un amuleto, en esta búsqueda de un mañana mejor, para ayudar a la familia que se quedaba, con la promesa de regresar; juramento que no se pudo cumplir porque se enamoraron de este lugar, del cual nunca más se quisieron ir.  

Venían a este lugar donde todos decían iban a hacer okane11, un sitio tan lejos que en momentos difíciles, pensaban que era el fin del mundo. Saliste de tu paraíso con un sol tan radiante como una cara de felicidad, con arena tan blanca como la pureza e ingenuidad de un par de jóvenes que iban a jugar a los adultos en tierras lejanas, que paseaban por una playa del color de las esmeraldas, con noches de luna tan brillante que a veces confundía el día con la noche, donde tenían el observatorio más grande de estrellas, solo para ellos.

Arribaron luego de un viaje tan largo que parecía que nunca iba a terminar, en un barco que no dejaba de moverse, que les parecía que viajaba dentro de un tifón. Ese viaje fue una eternidad para llegar a un sitio tan frío y oscuro con solo tonalidades de grises, que llamaba a la melancolía, a pesar de que recién llegaban; donde el sol jugaba a las escondidas, el cielo gris al igual que su playa, con una noche tan oscura que extrañaban las estrellas que antes disfrutaban, siempre esperanzados que iba a aparecer una luz maravillosa que los iluminaría, llenándolos de fuerza, ilusión. Así fue porque finalmente ellos sintieron suya esta tierra, aquí nacieron sus hijos, sus nietos y todas las generaciones restantes. Muchos de los oji y oba no regresaron y al irse de este mundo, se unieron a esta tierra que los acogió y amaron hasta el final, aunque algunos pudieron regresar, entendieron que aquí estaba el lugar donde querían morir.

Te llaman sata andagi, otros andagi o maru12 tempura, aquí te llamaron desde bolita, buñuelo, bombita, dona japonesa, en casa te decimos sata tempura, a veces tempura redondo. Te recuerdo en cumpleaños, en casa de las tías o de la obachan, infaltable en todas las celebraciones, con el sonido de las tres cuerdas del sanshin13, a veces triste y melancólico, presenciando un odori14, o cambiando por completo con mucha alegría con el kachashi15 donde hombres y mujeres salían a bailar, sin importar nada, solo sentir la alegría de ese momento que quedó grabado en sus corazones. Aunque cualquier motivo era un buen pretexto para saborearte, presente en los tanomoshi16. En casa, cuando venían visitas, mamá los preparaba, sin pensar que los sata anadagi iban a ser como un salvavidas para nosotros en el futuro, por ti tuvimos que comer en tiempos difíciles, otra vez mostrando esa nobleza andagi.

No existe sata andagi feo, eres lo más atractivo en cada fiesta, todos son deliciosos, algunos son bien redonditos como hecho con moldes; prefiero los imperfectos, esos que sonríen mucho, que se revientan al freírlos, son los mejores, crujientes por fuera y por dentro muy suaves, súper deliciosos recién hechos. Quieren estar presentes en todo momento de nuestra vida, a veces te cambian de forma y te hacen como palitos, de esa manera puedes estar hasta en los suko17, te hacen de esa forma para que no sonrías, no se vería bien que lo hagas en esas ocasiones. Eres tan noble que, aunque al día siguiente ya no estás crocante, sigues siendo suave por dentro y duras muchos días más, por eso viniste con oji y oba en su viaje tan largo “para llenar barriga”, como le dijeron.

Cada uno tiene su propia receta para prepararte, como aquella que mamá hacía18 y que quizás la oba le enseñó. Unos le agregan leche, otros, naranja, también los que le ponen ajonjolí o maní, todos tienen algo especial. Mamá las preparaba casi sin seguir la receta, agregaba algo de aquí y de allá, para lograr la textura que quería. En mi mente todavía la puedo ver: con la mano derecha agarraba una porción, cerraba el puño y lo que salía iba directo a la sartén para freír. Con un ohashi19 en la otra mano le iba dando vueltas, aunque ellas giraban solas en el aceite que burbujeaba, todas estaban felices, reían como niños en un jardín de infancia, una fiesta en la sartén. Mi esposa los hace igual, pero en otras casas forman bolas con las dos manos y luego de frente al aceite, donde igual dan vueltas de felicidad como trompo.

En Okinawa todas las personas las comen, los turistas se rinden ante ella, algunos la preparan en casa, pero ahora los consiguen en muchos lugares. Los visitantes de Okinawa se lo llevan de regalo. Hay de azúcar blanca, rubia o morena, los de chancaca, también de matcha, hasta tofu le ponen, como para todos.

A muchos de los oji y oba no les alcanzó la vida para poder regresar a la pequeña isla que los vio nacer, pero algunos de sus hijos y nietos sí lo pudieron hacer, incluso encontrarse con otros uchinanchu del mundo, juntándose en el festival Uchinanchu Taikai, para comprobar lo que les habían contado y que no era un cuento, que con cualquier uchinanchu del mundo te podrías encontrar y siempre vas a sentir esa familiaridad, como si los conocieras de toda la vida, “icharibachoode” (nos hermanamos al encontrarnos), que es magia y que ese sata andagi de la obachan, es el mismo que encontraste en Okinawa, con esa sinergia de todas las vivencias que cada uno hemos tenido.

El sata andagi es la mujer uchinanchu, es mi obachan, mi mamá, nuestras tías, nuestras mujeres; es su trabajo sacrificado, sin descanso en el negocio, para luego seguir trabajando en casa, su lucha, abnegación, su silencio en palabras, pero que nos gritan con sus acciones.

Arigatou sata andagi, arigatou mujer uchinanchu.

Este es mi homenaje a todos los uchinanchu que sienten que podemos hablar distintos idiomas, tener diferentes nacionalidades, pero que en cualquier lugar del mundo que nos encontremos, sentimos tal familiaridad que nos sentimos hermanos. El sata andagi es para mí un símbolo, es la mujer uchinanchu que siempre va para adelante y sonríe a la vida a pesar de todas las dificultades.

Notas:

1. Uchinanchu. Natural de Okinawa, okinawense.

2. Kekkonshiki. En japonés, matrimonio.

3. Najiki. En uchinaguchi, ceremonia de recién nacido, se coloca el nombre y fecha en un papel rojo, se pega en la pared.

4. Tanka. En Uchinaguchi, tankaa-uuwee, fiesta de cumpleaños por el primer año de edad.

5. Tushibi. En Uchinaguchi, cumpleaños tradicional basado en el calendario de los doce animales chino, se celebra cada doce años.

6. Obachan. Término en japonés usado para dirigirse a las ancianas, abuelita.

7. Uchina. Uchinaguchi, nombre nativo de Okinawa.

8. Oji. Forma como llamamos al abuelo.

9. Oba. Forma como llamamos a la abuela.

10. Chitu. En uchinaguchi, regalo, presente.

11. Okane. Japonés, dinero.

12. Maru. Uchinaguchi, redondo.

13. Sanshin. Uchinaguchi, instrumento musical de tres cuerdas compuesto por una caja redondeada, cubierta de piel de culebra y un cuello largo.

14. Odori. Japonés, danza.

15. Kachashi. Uchinaguchi, variedad de música y danza acompañada del sanshin que se caracteriza por un ritmo muy rápido y disonante.

16. Tanomoshi. Sistema que se estableció para ayuda, como las juntas o panderos en el Perú.

17. Suko. Uchinaguchi, ritual para veneración de los muertos.

18. Roberto Oshiro Teruya, “Sata andagi, como el de mi mamá...ninguno,” (Descubra a los Nikkei, 28 de junio de 2017) 

19. Ohashi. Japonés, palillos que se usan para comer.

 

 

© 2021 Roberto Oshiro Teruya

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Acerca del Autor

Roberto Oshiro Teruya es peruano de 53 años, de tercera generación (sansei); las familias de sus padres, Seijo Oshiro y Shizue Teruya, procedían de Tomigusuku y Yonabaru, respectivamente, ambos en Okinawa. Reside en Lima, la capital del Perú, y se dedica al comercio, en un local de venta de ropa en el centro de la ciudad. Está casado con la señora Jenny Nakasone y tienen dos hijos, Mayumi (23) y Akio (14). Su interés es seguir conservando las costumbres inculcadas por sus abuelos, como la comida, el butsudan y que sus hijos las sigan conservando.

Última actualización en junho de 2017

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