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Luciana Yamashiro: Espíritu de plastilina

Cuando jugaba con la hija de su pareja, Luciana Yamashiro notó que sus muñecas deberían estar cansadas de tener que comer siempre pan y pizza, además de un ocasional plátano, y nada de comida peruana. Entonces se le ocurrió que podían hacer platillos con plastilina. Lo ha contado antes en algunas entrevistas, pero cada vez que repite la anécdota parece feliz de estar contando una travesura buena.

Su perfil en Instagram y Facebook se llama Plastilina Feliz y está repleta de comida que parece real. Crédito: Archivo personal

Así nació “Plastilina Feliz, Mini clayfood”, el nombre de la cuenta en Instagram que creó en 2018 para publicar las fotos de la mini hamburguesa, el huevo frito en miniatura y la papa a la huancaína, de porción minúscula, que motivaron a esta diseñadora industrial nikkei a continuar amasando las plastilinas para darle forma y color a un helado, unos churros y hasta un sashimi de salmón que se ven tan reales como apetitosos.

“El nombre Plastilina Feliz va al objetivo del proyecto, la comida nos hace felices y a través de ella podemos llegar a la cultura de un lugar, así sea con un huevo frito, que representa algo de ti, cómo te lo preparaba tu mamá y ser niños otra vez”, dice Luciana de 32 años y un alma tan joven que se sigue divirtiendo como una niña haciendo donas, nigiris, temakis y macarrones de plastilina en miniatura, además de clásicos platos peruanos como el lomo saltado, la causa y el cebiche con chicharrón.

Mente en juego

Ser niños otra vez no parece un mal plan en esta coyuntura de pandemia sin posibilidad de viajar, asistir a reuniones sociales u otros lugares de entretenimiento. Para Luciana, como a todos, al principio se le hizo difícil, pero fue acostumbrándose al tiempo que empezó a estudiar astrología (“me ayudó a entender muchos procesos internos”) y lanzó la marca Akame Dim Sum, de bocaditos asiáticos al vapor.

Desde joven tuvo interés por el arte y en la plastilina ha encontrado un medio de expresión. Crédito: Archivo personal

“Yo misma los hago, fue un emprendimiento que nació en la pandemia, estando en casa, con más tiempo para cocinar y probar cosas. Hice hamburguesas, galletas, postres y los dumplings”, dice Luciana, quien tiene una bisabuela china y que cuenta que, en su colegio, el Juan XXIII, tuvo un gran acercamiento con la colonia china en el Perú. “En YouTube fui encontrando cómo hacer la masa y el relleno, hice algunas pruebas en mi casa y les gustaron”.

En noviembre de 2020, la marca Alpha, de útiles escolares, la contactó para que diera clases de manualidades con plastilina y ella aceptó encantada, sabiendo el reto que podía ser enseñar a través de una cámara de video. “Hay chicos que no pasan de los 11 años y se ve su talento cuando me mandan fotos de sus trabajos”, dice Luciana, quien este año inició otro curso virtual con la Asociación Peruano Japonesa, una vez a la semana, como parte del programa Omoshiroi del Centro Cultural Peruano Japonés.

Crear y activarse

Sus creaciones son en miniatura. Empezó haciendo comidas y alimentos y ahora está explorando con personajes. Crédito: Archivo personal

Muchos adultos siguen el trabajo y las clases virtuales de Luciana. “A los amigos que se conectan les pido que me enseñen lo que han hecho, pero muchos solo lo hacen para ver o tener algo con qué estar acompañados”. Uno de sus descubrimientos con la plastilina ha sido entender que, a través de la creación y el movimiento de manos, el cerebro se activa y se expresa.

“Lo importante es la manipulación, hacer cosas manuales tiene un efecto positivo en la salud mental, y el representar algo en una forma artística, es conectarse con el entorno, salir del yo para sensibilizarse y volverse más empático con lo que está fuera de mí, es lo que rescato de lo que voy viendo en las clases”, dice Luciana, a quien siempre le interesó explorar el universo infantil. “Hay menos juicios. En la universidad uno piensa que en la facultad de arte todo es libertad, pero es bien exigente. Yo pensaba que pintaba bien, pero los profesores de la facultad eran expertos”.

Esa experiencia en la Pontificia Universidad Católica del Perú le ha servido mucho, al igual que dictar clases en el Instituto Toulouse Lautrec. “A los niños no hay que decirles ‘así no’ o ‘te equivocaste’, se trata de que se encuentren a sí mismos. Todo lo que hacemos va a ser un reflejo de nosotros”, dice Yamashiro, quien espera continuar haciendo videos para las diferentes redes sociales y dictando clases para chicos y grandes, como su mamá, quien la sigue desde Estados Unidos.
 

Lecciones de plastilina

Luciana dice que en sus creaciones usa poco material porque son en miniatura, que ha aprendido a usar las que son de agua y las de grasa, y que en ocasiones recomienda usar arcilla polimérica, que es menos frágil y que se puede cocer en un horno casero, para los trabajos que se quieran conservar. Pero que, sin duda, lo principal es dar con el color de lo que se quiere reproducir, ya que las marcas disponibles en tiendas dan un abanico de opciones y a veces hay que dar con tonos distintos, como el verde de los tallarines verdes que tiene en su cuenta de Instagram.

“Uno de los ejercicios que hacía cuando era profesora es hacerlos mirar a su alrededor para reconocer los objetos que tenemos y pensar si han sido diseñados a partir del conocimiento del cuerpo humano y sus necesidades”. De esta forma, la plastilina se vuelve un ejercicio de observación y la comprensión del espacio. Además, dice Luciana, las clases virtuales le han permitido identificar otros valores que se suman a este arte manual. “En los videos solo se ven la cara y hasta los hombros, la experiencia remota es un reto para que los chicos se expresen mejor y en corto tiempo”.

Dice que uno de sus referentes es el programa educativo japonés “¿Puedo hacerlo yo?”, de Nopo y Gonta, que se transmitió en los años ochenta y noventa, y que la ha llevado a usar materiales caseros (un clip, una cuchara o un cuchillo de mantequilla) en lugar de ciertos instrumentos que pueden ser peligrosos para los niños. “Lo principal era divertirse, eso buscamos, experimentar con la plastilina, no son clases de arte”, dice Luciana Yamashiro, quien planea un próximo curso de Zoom para continuar siendo feliz con la plastilina.

Sus clases virtuales tienen a grandes y chicos de alumnos. Dice haber encontrado mucha gente talentosa. Crédito: Archivo personal

Familia nikkei

Su menú de creaciones con plastilina incluye una salchipapa, un panetón, un tacacho con cecina (plato de la selva peruana), makis y arroz chaufa, una muestra de la diversidad de la cocina peruana, algo que ella lleva en la sangre. “En mi familia y en la comunidad nikkei se tiene por costumbre llevar un postre a las reuniones y compartir la comida. A mi esposo al principio le costó acostumbrarse”, cuenta Luciana, quien solía asistir a las reuniones de la Asociación Okinawense del Perú.

También participaba en los eventos interclubes nikkei y en concursos de canto organizados por la comunidad. Su vena artística siempre estuvo presente, inclusive cuando se dedicó a trabajar en publicidad y marketing, diseñando muebles para anuncios en 3D de tiendas retail. “No estudié escultura porque no sabía de qué podía vivir, pero siempre he hecho trabajos que tienen que ver con lo volumétrico. Siento que todo me aporta”.

Entre sus planes está crear su página web y poder dedicarse principalmente a la plastilina. Cada vez tiene más clientes que le piden recuerdos en ese material y la ventaja es que es un trabajo que puede continuar de manera remota y tener tiempo para otras actividades. “En Japón tengo mucha familia, hace poco conocí a una tía de Okinawa con la que conversé y mis papás viven en Estados Unidos con mi hermano”, dice Luciana, quien sigue amasando proyectos divertidos (“unos aretes en forma de pizza, tal vez”).

 

© 2021 Javier García Wong-Kit

artists Luciana Yamashiro Mini clayfood Peru plasticine Plastilina Feliz