Era el año 1946. Brasil respiraba aliviado tras el fin de la guerra. Las señoras bordaban banderitas, los niños corrían libres por las calles de tierra, y la radio, con su ritmo cansino, repetía noticias sobre la reconstrucción. Sin embargo, en aquel rincón del interior paulista, en la pequeña ciudad de Bastos, en el estado de San Pablo, la guerra todavía latía entre silencios, rumores y miradas desconfiadas.
Ikuta Mizobe vivía allí, en el corazón de la comunidad nipo-brasileña de agricultores. Hombre serio y respetado, era gerente de la Cooperativa Agrícola de Bastos. Tenía voz entre los cooperados, manos callosas de quien trabaja la tierra, y principios firmes de quien se atreve a hacer rimar esperanza con trabajo. Hablaba japonés en casa y portugués con fuerte acento en la feria, mezclando tradiciones, con los pies firmes en una tierra que ya no era Japón, pero que se había convertido en su hogar.
Era un makegumi, es decir, un derrotista: alguien que aceptaba la realidad de los hechos, la verdad de que Japón había sido derrotado, y que buscaba unir, esclarecer y enfrentar el dolor y la vergüenza con dignidad.
Existía otro grupo, sombrío, denominado kachigumi, los victoriosos. Impulsados por creencias políticas radicales e intolerantes, se negaban a admitir la derrota: era la Shindo Renmei, la “Liga del Camino de los Súbditos”. Para ellos, la noticia era un rumor, un engaño, una traición. Y toda traición debía ser castigada, con palabras o con acciones, sangre o silencio.
Ikuta, por su sinceridad, cultura y claridad al expresar lo que sabía, se convirtió en objetivo. Hablaba a la gente, a los empleados de la cooperativa:
“No puedo mentir. Sé que Japón sufrió y aún sufre; nosotros también. Pero debemos aceptar los hechos. Desde aquí debemos reconstruir nuestras vidas.” Palabras simples para quien busca la paz, pero que inflamaban el odio de los fanáticos victoristas.
En una húmeda noche de marzo, poco antes de retirarse, como era su costumbre, caminó hasta el portón de la casa, aquel viejo portón de madera que crujía al cerrarse, para trancar todo antes de dormir. Los grillos cantaban y la luna se filtraba entre las nubes. Aquella madrugada, mientras se dirigía al baño, que estaba afuera, dos figuras se ocultaban detrás de la casa. Al acecho, observaban, aguardaban. De repente, un disparo irrumpió en la noche. Otro siguió, un grito sofocado, el golpe seco de algo cayendo, sangre. Breves acordes de muerte, sonidos de pasos de caballos alejándose.
Cuando le avisaron a su hija Aiko, que vivía en otra ciudad, le dijeron sólo que su padre había sufrido un accidente, que se había lastimado el pie, algo así. Pero al llegar y entrar a la casa, encontró sobre la mesa del comedor el ataúd. Hubo un grito inicial, un llanto y un silencio que se prolongó por décadas. Su madre había limpiado el cuerpo de su esposo, pero Aiko vio vestigios y comprendió que no había retorno. Su padre se había ido en pleno apogeo, dejando ocho hijos. Fue el primer nombre de una larga lista de víctimas fatales inocentes, más de veinte, además de tantos otros heridos que sobrevivieron milagrosamente.
A la mañana siguiente, el ambiente dentro de la comunidad, que siempre había sido tranquila y unida, había cambiado: miedo, murmullos, miradas desconfiadas; los vecinos cuchicheaban. Los familiares preguntaban: “¿Por qué? ¿Qué hizo?” Aiko tenía 25 años y un hijo de poco más de un año, Katsuo, el único nieto que había estado en el regazo y había recibido la contención del abuelo, ahora fallecido.
La pérdida de su padre dejó un vacío, un corazón revoltoso, amargado, durante las madrugadas, los días y los años que siguieron. Ojalá pudiera creer que fue obra del azar, de ladrones, de cualquier cosa, menos de manos humanas guiadas por el fanatismo de sus propios coterráneos, conocidos, tal vez.
Pero así era el fanatismo. Una ideología distorsionada, miedo y orgullo manchados por las mentiras de quienes querían creer en ella. La Shindo Renmei, la organización criminal, ya había marcado la muerte de otros ciudadanos, patricios – figuras destacadas de la comunidad – que creyeron en la derrota, en la realidad y fueron etiquetados como “corazones sucios”, makegumi. Para ellos, el silencio y la aceptación de los hechos se consideraron como una deshonra al manto de lealtad al emperador herido. Ikuta fue castigado por eso.
Pasaron los años y el silencio se instaló en la casa; y en la comunidad poco se hablaba del asunto. Aiko guardó resentimiento en las palabras no dichas, en las preguntas sin respuesta, en la soledad de quien quedó. Pero también preservó la memoria de su padre, quien siempre dijo la verdad, íntegro, del ritual simple de cerrar el portón de su hogar modesto, del aroma a tierra húmeda, de la palabra “cooperativa” pronunciada con esperanza. Con los años, una especie de sanación fue surgiendo.
Un día, inesperadamente, más de sesenta años después, la hija del hombre que participó en el asesinato vino a la casa, humildemente, acompañada de su nieta, para pedir perdón. Aiko, emocionada, lloró, pero tuvo la serenidad y la grandeza de decir:
“¡Tú no tienes la culpa!” Y comprendió, quizás por primera vez, que el peso de la responsabilidad del horror no debía extenderse sobre todos los descendientes. El perdón no borra, pero alivia.
Hoy, Bastos guarda recuerdos: una cooperativa, una casa antigua con portón de madera, historias contadas a veces en voz baja, para que se sepa que esa tragedia no fue sólo personal, sino comunitaria. Que el mal hecho en el pasado resuena, pero que también la valentía de resistir, la honestidad y la dignidad de Ikuta Mizobe siguen vivas. Para entender: la guerra no termina sólo cuando el enemigo se rinde, sino cuando cada corazón vence el odio, abraza la verdad y permite que el silencio no manche la memoria.
* * * * *
Notas del autor:
La Shindo Renmei, “Liga del Camino de los Súbditos”, fue una organización nacionalista de inmigrantes japoneses en Brasil que, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, cometió atentados violentos y asesinatos de otros nipo-brasileños que creían en la derrota de Japón.
Dicha organización, que tuvo lugar dentro de la colonia japonesa, especialmente en ciudades del interior paulista como Bastos, Tupã, Marília, Pompéia, se caracterizó por una división ideológica entre dos grupos: Makegumi – los derrotistas, quienes reconocieron la derrota de Japón en la Segunda Guerra y, realísticamente, buscaban continuar sus vidas; y Kachigumi (o Tokkotai), los victoriosos o victoristas o patriotas, miembros más radicales de la comunidad, que no aceptaban la rendición japonesa e intentaban imponer su ideología mediante actos terroristas.
* * * * *
Importancia y consecuencias:
El episodio de Ikuta Mizobe se volvió emblemático para entender cómo el fanatismo, la desinformación, la crisis de identidad y el aislamiento de una comunidad pueden generar tragedias internas.
Su caso es citado frecuentemente como la primera víctima fatal de la iniciativa de Shindo Renmei, dotando al episodio de un valor simbólico e histórico.
El movimiento dejó, asimismo, cicatrices duraderas: miedo, desconfianza entre vecinos, familias divididas, silencio frente a la violencia doméstica y comunitaria, y el peso de los recuerdos mantenidos vivos por quienes sobrevivieron. Fue una página oscura de la inmigración japonesa en Brasil, pero no define la historia de la comunidad como un todo, que tiene un recorrido largo y rico, con contribuciones en todos los aspectos de la sociedad brasileña.
Aiko Higuchi, hija de Ikuta Mizobe, aunque cargó a lo largo de su vida las marcas del dolor y la indignación, así como sus responsabilidades como madre, esposa, abuela y matriarca de familia, enfrentó todo con dignidad y valentía, transmitiendo la importancia del respeto, de la perseverancia y de la memoria, enseñándonos que recordar también es un acto de justicia. A través de Aiko, el legado de Ikuta Mizobe no se limita al dolor de su pérdida, sino que se transforma en un llamado a la reflexión, a la paz y a la preservación de la dignidad humana, para que historias como la de Ikuta jamás se repitan. Además, dedicó parte de su vida a obras de caridad, reforzando su ejemplo de perdón y generosidad.
Aiko vivió hasta los 103 años y falleció en 2024, con el respeto y admiración de todos los que la conocieron, especialmente sus cinco hijos, nueras, cinco nietos y siete bisnietos.
* * * * *
Nuestro Comité Editorial en portugués seleccionó esta historia como su favorita de la serie Familias Nikkei 2. Aquí está su comentario.
Comentario de Kiyoshi Harada
Elijo el relato “Un portón que se cerró en Bastos”, de Katsuo Higuchi, que narra con fidelidad la realidad del período de posguerra, cuando los tokkotais, el ala radical de la Shindo Renmei, actuaron en la ciudad de Bastos y en otras localidades tales como Osvaldo Cruz, Marília y Tupã, cometiendo en total 23 asesinatos en los enfrentamientos entre los makegumis (derrotistas) y los katigumis (victoristas).
El señor Ikuta Mizobe, hombre íntegro y sincero, incapaz de ocultar la verdad de los hechos, solía decir: “No puedo mentir. Sé que Japón ha sufrido y sigue sufriendo, al igual que nosotros; pero debemos aceptar los hechos. Desde aquí tenemos que reconstruir nuestras vidas.” Estas palabras bastaron para encender el odio de los fanáticos victoristas, lo que llevó a su trágica muerte en 1946, un hecho que estremeció los cimientos de la comunidad nikkei de Bastos y de las ciudades vecinas.
Aiko Higuchi, hija de Ikuta Mizobe, aunque cargó a lo largo de los años con las marcas del dolor y de la indignación, logró afrontar la dura realidad con gran dignidad y valentía, transmitiendo la importancia del respeto, de la perseverancia y de la memoria, enseñando que recordar es un acto de justicia. Aiko vivió hasta los 103 años y falleció en 2024,rodeada del respeto y de la admiración de todos los que la conocieron.
© 2025 Katsuo Higuchi
La Favorita de Nima-kai
Cada artículo enviado a esta serie especial de Crónicas Nikkei fue elegible para ser seleccionado como la favorita de la comunidad.



