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¡Carnaval, carnaval!

“Todos a reír y a gozar, todos a gozar del carnaval, mascaritas vamos a danzar con ritmo triunfal. Alegremos Lima Virreinal, nuestras Reinas se divertirán, y sus risas nos animarán en el carnaval. ¡Carnaval, carnaval!, es el grito general. ¡Carnaval, carnaval, que alegría sin igual!”. 

El pasado es una fiesta ligada al carnaval. ¿Quién de niño no ha jugado con chisguetes, talco, serpentinas, pica pica, rasca rasca, globos y el baldazo de agua? Es el carnaval un juego que de niños nos hizo ver el respeto en los demás. “¡No juego, estoy de paso!”. Y el señor pasaba sin ser mojado. Años después, todo cambió. Fue una cuarentena para aquellos que no quisieran jugar y el delirio para todos aquellos que, teniendo el permiso, nos pusimos desde cualquier ángulo a derrochar el agua, los globos, el betún y cuanta cosa pudiera pintar y manchar.

Soichi Yanahura me llevaba tres años y los dos nos íbamos derechito a un lugar llamado Martineti. Tenía seis años entonces y las líneas del tren figuraban hacia el fondo. El famoso botadero nos daba para armar nuestros torpedos en carnaval. Aquellos que eran lanzados como parte del juego y donde el talco perfumado hacía pareja con la harina que siempre había en la cocina. Las dos puntas necesitaban de cartones y en aquel botadero municipal alguna imprenta cercana botaba sus deshechos en papelería y la magia del verano nos hacía ver que aquello serviría para los preciados torpedos.

Dos años después era residente en la ciudad de Jauja. Todo cambió de golpe en ese mes de noviembre de 1948. Un viaje repentino y una estadía que de todas maneras tenía que acostumbrarme. Los carnavales fueron distintos desde entonces. Tener que olvidar que la tina no tenía el mismo servicio y comprender que el clima de Jauja no era el más propicio para un baldazo de agua, ni menos para una bañada en tina de mármol. Por el frío y la helada, la sierra no se prestaba a ese tipo de juego y solo los globos con cierta anilina eran proyectiles que buscaban al sexo femenino. El mayor juego de carnavales se presentaba en el Cine Teatro Colonial.

Ahí no interesaba qué película daban sino el intermedio de la función. Después de los noticieros y los cortos comerciales, las luces se encendían y la pegajosa canción del carnaval resonaba en sus parlantes. La galería, balcón o cazuela, como quisieran llamarlo, era el lugar predilecto para arrojar los torpedos, lanzar la pica pica y arrojar las serpentinas. Al minuto, la sala del teatro tenía una atmósfera blanca y perfumada, los pasadizos de la sala eran un jolgorio. Las chicas también tenían lo suyo, venían con sus máscaras en las carteras y ciertos chisguetes de las marcas Colombina o Pierrot con su estuche de cartón.

Quince minutos de intermedio y la sala del Teatro Colonial seguía con la bruma y la melodía del carnaval. Al primer aviso de apagar la luz para comenzar la película, la galería tronaba con más serpentinas, los torpedos seguían llegando a su destino y la sala nuevamente se contagiaba de una neblina densa de talco perfumado. El operador no tenía más que prolongar cinco minutos más de intermedio y las hurras y el griterío seguían. Veinte minutos y definitivamente comenzaba la película, el haz de la proyección era una inmensa columna de la cual todos en la galería ponían sus manos y los silbidos eran una respuesta clara de nuestro primer día de carnaval. Faltaban dos días más, sin contar el miércoles de ceniza.

La pequeña ciudad de Jauja era mi mundo infantil, recorrer sus calles era como si uno caminara por un sendero de tierra y cemento. Los pilones de agua formaban pequeños charcos y eran, por los días del carnaval, la fuente digna de llenar los globos o tener a la mano la primera cacerola hurtada del hogar. Lo que sí sentíamos eran que las damitas brillaban por su ausencia y que la lluvia era una cortina de apegarnos más a las paredes de sus soñolientas casas que dormitaban en ese mundo infantil de mis pasos por la ciudad. Tantas veces fueron los momentos felices y que aún hoy tiende mi visión a llorar en soledad.

Mi último año en Jauja, y ya con veinte años, me animé, como nunca lo había hecho, a bailar en un “corta monte” en la ciudad. Mi último año, me dije. Y me busqué una jaujina como pareja. Aquel día, al pasar el grupo de bailarines por las puertas del restaurante, mi ritmo con mi pareja era tan acentuado que los mozos y cocineros salieron a mirar. Hice la finta y al dar la vuelta con mi pareja casi me caigo de rodillas. La risa fue total y la vergüenza de bailar por primera vez en la calle, me hizo sentir que el árbol aquella tarde sería mío al tumbarlo con el primer hachazo que me tocara después de mi pareja. Luego tomé conciencia y me arrepentí, ya que si tumbaba el árbol el próximo año yo sería el padrino y correría con el mayor de los gastos.

Jauja tal vez era en aquellos tiempos la ciudad andina con más fiestas en el calendario y con un récord impresionante por el consumo de cerveza. El diario La Prensa de entonces, en su página de provincias, sacó un artículo donde mencionaba a las ciudades de más consumo de cerveza en la temporada de los carnavales. Lima y Callao eran las dos ciudades en los primeros lugares, luego venía Jauja. Increíble siendo una ciudad tan pequeña. Pero así eran los jaujinos cuando festejaban sus fiestas, se olvidaban de todo, menos de divertirse. Y yo estaba esa tarde con mi botella de cerveza en mano y con mi linda paisana bailando mi huayno por las calles. La banda de músicos detrás nuestro era el seguimiento de toda la cuadrilla, que llevaban el ritmo, el folklor, la pasión y al encuentro con el árbol cubierto de regalos y serpentinas en la plazuela del barrio La Libertad.

Representando a la colonia japonesa con sede en Lima, Capital. Foto: la familia Kakutani-Shirasaka.

En aquella década, Jauja tuvo dos Reinas Nikkei en sus fiestas de Carnaval. Benigna Higuchi fue coronada en un Baile Carnavalesco en el casino de la ciudad y, años después, Margarita Higa, en el local del Club Nisei Jauja. Fue el año de 1959 en donde los nisei huancaínos, en un ómnibus repleto, se hicieron presentes en nuestra fiesta de carnaval, acompañados del Señor Víctor Aritomi, presidente de la Asociación Nacional Nisei Huancayo, y donde estuvieron presentes, entre otros, las Reinas de Huancayo: señoritas Guillermina Uchida y Teresa Nakahodo. Fue una noche inolvidable en la colectividad nikkei de las dos ciudades. Una confraternidad que duró por muchos años entre las dos provincias del Valle del Mantaro.

Hace unos días, por intermedio del WhatsApp, mi amiga, la señora Rosa de Nomura, me envío un video que me hizo recordar el mes de los carnavales y una nota donde me nombra a las Reinas de Carnavales de los años cincuenta y sesenta, los corsos de entonces y los concursos en elegir a las reinas. Giuliana D’Onofrio, Bebelu de la Borda, Ena Hilbeck y las bonitas reinas y damitas de la colectividad Teresa Shimazaki, Bertha Shirasaka, Juana Nakamoto, entre otras damitas de antaño.

Señorita Bertha Shirasaka (después esposa del señor Kakutani). Foto: la familia Kakutani-Shirasaka.

Hoy, al asomarme a mi balcón, la Luna me disimula la mirada con una parte de su rostro. El silencio es completo en esta noche de pandemia y los árboles del AELU se ven lejanos para mí. Pero en mi imaginación les pongo serpentinas, muñequitos, globos inflados, paquetitos de caramelos, chocolates y galletas, llaveritos y más serpentina para que se vea que es carnaval. Imagino que el hacha lo tendrá la madrina para ponerle su moño y que la orquesta “Los Aborrecidos del Mantaro” tocarán los acordes de un huayno de la época. El sol caerá en una tarde serrana y las parejas danzantes clavarán el hacha en la corteza del árbol, gota a gota, la savia se irá desparramando, mientras la tierra se inyecta de cerveza y sudor.

Y ya cuando la noche va llegando, el árbol inclina sus ramas, la multitud grita sus regalos, el padrino le da de alma al desgarbado tallo y, como quien corta el cordón umbilical, el árbol en su agonía se va de bruces al terral. La noche habrá terminado su tercer día de carnaval. Mañana será el Miércoles de Ceniza.

 

© 2021 Luis Iguchi Iguchi

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