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Augusto Ikemiyashiro, recuerdos de una vida dedicada al servicio

Augusto Ikemiyashiro, cuando fue condecorado por el gobierno de Japón.    

Augusto Ikemiyashiro no parece un hombre de esta época. Su vocación de servicio y su fuerte espíritu de grupo disuenan en estos tiempos utilitarios e individualistas.

Don Augusto ha sido presidente de algunas de las instituciones más importantes de la comunidad nikkei en Perú: Asociación Peruano Japonesa (APJ), Asociación Estadio La Unión (AELU) y Asociación Okinawense del Perú (AOP).

Más allá del estatus que proporcionan los cargos, encabezar estas organizaciones significa recortar el tiempo con la familia y relegar la carrera o el negocio para dedicarse a ellas sin recibir un centavo a cambio.

No es un sacrificio, sino un servicio a la comunidad nikkei (y por extensión al Perú). Un compromiso moral que heredó de su padre Hidenaga, un inmigrante japonés oriundo de Okinawa.

“MIS HUESOS SE VAN A QUEDAR ACÁ”

Su padre llegó a Perú por yobiyose. Trabajó en varios comercios de compatriotas, hasta que se independizó y se asentó en el negocio de la ferretería.

Un recuerdo poderoso de la infancia de don Augusto tiene a su papá como actor central, atento a una radio, escuchando noticias de Japón y apuntando todo en un cuaderno.

Sus paisanos iban luego a su casa para ser informados. Ese preciado cuaderno era su periódico.

Hasta que llegó “el momento fatal”del anuncio de la rendición de Japón. Su padre estaba devastado. Don Augusto recuerda la tristeza con la cual le comunicó la noticia, que probablemente dolió, más que por la derrota, porque suponía el adiós definitivo a su país.

Al borde del llanto, le dijo a su hijo: “Mis huesos se van a quedar acá”.

LA ODISEA DEL ONIISAN

No había tiempo para las lágrimas. Ahora que los Ikemiyashiro iban a echar raíces en Perú, tenían una misión por delante: traer al hijo que habían dejado en Okinawa, el hermano mayor de Augusto.

Fue casi una película. El gobierno peruano no aceptaba el ingreso de japoneses y los Ikemiyashiro tuvieron que encomendarse a la heterodoxia.

El oniisan de Augusto tomó un avión en Japón que aterrizó en el Aeropuerto de Limatambo, en tierra peruana. Pero su destino no era Perú, sino Bolivia. El vuelo había hecho una escala en Lima.

Aun así, los Ikemiyashiro fueron al aeropuerto a ver al hijo y hermano, lejos pero visible, de pie en la escalinata. Fue un saludo fugaz, un reencuentro más virtual que real.

Una familia nikkei acogió al oniisan en Bolivia. Mientras tanto, Hidenaga comenzó a preparar la entrada de su primogénito a Perú con la mediación de un paisano de apellido Gushiken, amigo de militares peruanos de alto rango.

Gracias a sus contactos, se confeccionó un documento de identidad que convirtió al oniisan en ciudadano peruano. En paralelo, tras varios meses de estadía en Bolivia, el hermano de Augusto inició su viaje a Perú... caminando.

Para no ser detectado por la policía, caminaba de noche, siguiendo la línea de los cables eléctricos. Así llegó a Perú, donde comenzó una nueva vida con el documento gestionado por Gushiken.

La familia bromeaba con él diciéndole que había entrado a Perú “de contrabando”.

El caso del oniisan no fue excepcional. Su viaje a pie lo hizo en compañía de jóvenes, también hijos de inmigrantes japoneses, que ingresaron a Perú vía Bolivia.

La casa de los Ikemiyashiro era el punto de reunión de los issei, que planificaban y coordinaban los operativos clandestinos para llevar a sus hijos de Japón a Perú.

Don Augusto recuerda a la familia ayudando a su padre en la atención a los visitantes (poniendo las sillas para que se sentaran, sirviéndoles ocha) y la laboriosa recopilación de los datos personales de cada uno de los viajeros para elaborar los documentos.

A pesar de que su permanencia en Perú era legal —e incluso varios años después de su arribo al país—, los jóvenes vivían escondidos por temor a que la policía los capturase.

AYUDA A OKINAWA

Concluida la guerra, los uchinanchu en Perú se organizaron para acopiar alimentos y prendas de vestir, entre otros artículos de primera necesidad, y enviarlos a Okinawa.

Se formó la Liga Peruana de Socorro a Okinaway enla casa de los Ikemiyashiro se juntaban los issei para realizar las gestiones necesarias para las remesas.

La espaciosa vivienda albergaba, además, los víveres que los inmigrantes llevaban para su posterior envío a sus familias en Okinawa. 

Desde chico, don Augusto vio cómo el lugar donde vivía se transformaba en una especie de casa de todos (para informarse de la guerra, gestionar el traslado de los hijos de Japón a Perú, ayudar a Okinawa) y a su padre como la piedra angular de esa mancomunidad de esfuerzos.

Hidenaga era líder y servidor de su comunidad. A su labor en la posguerra sumó su aporte a la obra más importante en la historia de la inmigración japonesa a Perú: la construcción del Centro Cultural Peruano Japonés (CCPJ) en 1967.  

Fue presidente de la Sociedad Central Japonesa (antecesora de la APJ) en 1965 y formó parte del grupo de issei que consiguió que el presidente de Perú, Fernando Belaúnde, cediera a la comunidad un extenso terreno en compensación por las expropiaciones de colegios japoneses durante la guerra.

El grupo también se encargó de todas las gestiones relacionadas con la edificación del CCPJ.

Augusto era el brazo derecho de su papá. Lo acompañaba a las reuniones y cumplía los trabajos que él le encargaba. Era entonces un joven veinteañero familiarizado con el funcionamiento de la Sociedad Central Japonesa, un conocimiento que décadas después fue decisivo para que alcanzara la presidencia de la institución.

Hidenaga no solo confiaba en su hijo para asuntos relativos a la comunidad. También depositó en él la responsabilidad de conducir la ferretería mientras andaba atareado en sus labores dirigenciales.

La solidaridad que la comunidad puso en práctica para ayudar a Japón tras la guerra se hizo literalmente dinero más adelante a través de los tanamoshi para que los inmigrantes abrieran negocios o los hicieran crecer.

“Todos nos hemos ayudado con el tanomoshi,así fue como creció la colectividad”, dice don Augusto.

Gracias a esta modalidad de ayuda mutua, los Ikemiyashiro compraron el local de más de 500 metros cuadrados que alquilaban y donde funcionaba su ferretería.

Levantaron un edificio de tres pisos y poco a poco el negocio se fue ampliando con la contribución de los tanomoshi, que a otros issei ayudó a poner panaderías, bazares,bodegas, etc.

La solidaridad en la comunidad también se manifestó en la transfusión de conocimientos y habilidades. Si un inmigrante tenía, por ejemplo, un próspero salón de fotografía, algunos paisanos enviaban a sus hijos allí para que aprendieran el abc del negocio y, si todo iba bien, abrieran después el suyo.

La ferretería de los Ikemiyashirofue la escuela de varios nisei que tras trabajar en la tienda y aprender de ella se independizaron y establecieron sus propios locales en diferentes zonas de Lima.  

FOTOS PARA LA HISTORIA

Con el príncipe Hitachi, el día de la ceremonia de entronización del exemperador Akihito en 1990.  

Augusto Ikemiyashiro fue presidente de la Asociación Peruano Japonesa en 1990, un año turbulento marcado por la ascensión a la presidencia de Perú de Alberto Fujimori. 

Fue también el año en que se realizó la ceremonia de entronización del exemperador Akihito, a la que asistió en representación de la APJ.

Recuerda que vio solo al príncipe Hitachi, hermano menor de Akihito, y se acercó para preguntarle si podía hacerse una foto con él, petición a la que accedió. Don Augusto aún conserva la imagen.

Sus padres, el día en que asistieron a un agasajo a los príncipes herederos Akihito y Michiko organizado por el gobierno de Perú en 1967.

Otra foto que guarda como tesoro es una de sus padres, vestidos de gala, tomada el 13 de mayo de 1967, día en que visitaron Palacio de Gobierno para participar en un agasajo a los entonces príncipes herederos Akihito y Michiko convocado por el presidente Belaúnde.

Don Augusto muestra ambas fotos sin envanecimiento, como un notario que se limita a certificar un hecho. Afable y sencillo, recordar se le hace grato. Sonríe, su mirada brilla, la voz se le quiebra a veces.

Creció en una casa donde se hablaba japonés, español y uchinaguchi. Sus papás se comunicaban entre ellos en okinawense, pero se esforzaban por hablar con sus hijos en castellano.

Sus hermanos y él estudiaron nihongo con un profesor particular que contrató su padre, pero cuando la guerra pulverizó los planes de retornar a Japón, la educación que recibieron fue cien por ciento peruana. 

De sus padres resalta el rigor en la conducta. Su papá, dice, era “estricto como todo issei. Quería que las cosas se hicieran como se debíanhacer”. Su mamá se esmeraba en enseñar a sus seis hijos “la rectitud, portarse bien,que cumplamos siempre con la hora”.

“EN AGRADECIMIENTO AL PUEBLO PERUANO”

La gratitud es un valor con sólido arraigo en don Augusto. Su origen está en el hogar, y tuvo un episodio fundacional, una tragedia colectiva de la que se salvaron: los robos del 13 de mayo de 1940.

Vándalos aupados por medios, políticos y otros sectores antijaponeses saquearon negocios de inmigrantes japoneses. Muchos lo perdieron todo.

La ferretería de los Ikemiyashiro en el centro de Lima no sufrió ningún daño gracias a sus vecinos peruanos que los defendieron de las turbas.

“No sufrimos ese saqueo que sí sufrió un negocio en la esquina, una locería de un señor Aoki; le vaciaron la totalidad de las cosas,le levantaron hasta el piso. Decían que los japoneses tenían escondidasarmas de guerra.No encontraron nada, pero le dejaron el negocio vacío y eso sucedía con muchos negocios de nikkei en todo Lima y alrededores”, recuerda.

“Por eso siempre estábamos agradecidos con los vecinos. Nosotros les ayudábamos: querían que les arreglaran tal cosita, yo la arreglaba y no les cobraba”, añade.

“Así es como nos han inculcado nuestros padres: saber agradecer”, insiste don Augusto, y cuando dice “nuestros padres”, no se refiere solo a los suyos, sino a todos los inmigrantes japoneses.

“¿Por qué se ha hecho el Centro Cultural?En agradecimiento al pueblo peruano por haberlos acogido en el Perú”, dice.

Hay más: “Hacemos todas las obras en beneficio de todos los peruanos.El Centro Cultural está al servicio del Perú. El Teatro (Peruano Japonés) está al servicio del Perú.La Clínica Centenario está al servicio de todo el Perú.Por eso tenemos acogida en el Policlínico (Peruano Japonés) todas las mañanas,la cola que hace la gente”.

Don Augusto no se guarda sus comentarios para la comunidad. Lo habla también con amigos o conocidos peruanos sin origen japonés: “Nosotros, los presidentes de todas las instituciones que hay en la colectividad peruano japonesa,no ganamos niun sol por ser presidentes de ninguna de las instituciones. ‘No puede ser’, me dicen.‘¿De qué viven?’.‘Cada uno vivimosde nuestros trabajos. Sacamos nuestro tiempo para beneficio de ustedes. Todo lo que hacemos no lo hacemos para nosotros, todo lo hacemos para bien de todos los peruanos’, les digo”.

Sin buscarlo, ha dado a voz a una especie de manifiesto que se entronca con el espíritu de servicio de los inmigrantes japoneses, issei como su padre, cuya profecía finalmente se cumplió: sus huesos descansan en Perú. Don Augusto recuerda su última frase en su lecho de muerte: “Siempre trabaja por la colectividad nikkei”. Lo dijo en nihongo y cada palabra aún resuena en su corazón. Las pronuncia dos veces mientras las lágrimas caen por su rostro.

 

© 2023 Enrique Higa Sakuda

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