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Pachinko: coreanos y nikkei, algunas semejanzas

Sunja, la protagonista de la serie (tráiler de Apple TV+).

Llegué a la serie Pachinko, de Apple TV+, por el artículo de un medio español que la ponía por las nubes. Luego encontré su irresistible tráiler y decidí verla.

Pachinko es la historia de Sunja, una chica coreana que vive en una aldea de pescadores cuando la península de Corea era colonia de Japón. Más adelante, la serie da un salto de varios décadas y nos muestra a una Sunja anciana, residiendo en Osaka.

¿Cómo la muchacha que ayudaba a su mamá —administradora de una modesta casita de huéspedes—, preparando la comida o lavando la ropa de los clientes, aparece alrededor de sesenta años después en una casa acomodada, donde vive con su hijo, un próspero empresario, y recibe la visita de su nieto, un joven trilingüe que trabaja en una gran compañía en Estados Unidos?

Parte de la respuesta está en la primera temporada de la serie. Como me gustó mucho y, además, quería conocer el desenlace de la historia, compré la novela en la que se basa, escrita por Min Jin Lee, una autora coreano estadounidense. 

NI DE AQUÍ NI DE ALLÍ 

La novela es un hermoso viaje emocional de principio a fin. A diferencia de la serie, es lineal. A medida que avanzaba y descubría el destino de Sunja y el resto de personajes, aprendía también acerca de la situación de los coreanos que viven en Japón.

Lo que sabía antes de leer la novela era poco, lo que —imagino— la mayoría conoce. Que mientras Corea fue colonia de Japón (1910-45), muchos coreanos migraron al archipiélago nipón, donde fueron víctimas de abusos, discriminación e incluso una masacre tras el terremoto de Kanto en 1923 (asesinaron a miles de coreanos en represalia por perversos y falsos rumores, como los que decían que estaban envenenando el agua o cometiendo robos en medio del caos).

También sabía que hasta hoy algunos residentes de origen coreano en Japón, pese a haber nacido en el país y haberse criado como japoneses, continúan siendo blanco de actos discriminatorios o insultos. Pero nada más.

La lectura de Pachinko me abrió los ojos a una difícil y conflictiva realidad a través de las vivencias de sus personajes, y en el camino fui encontrando —salvando las distancias— paralelos entre la historia de los coreanos en Japón y la de los nikkei en Perú.

En alusión a uno de los personajes, un hombre nacido en Japón y nieto de una mujer coreana, la novela dice: “Había visitado Corea del Sur con su padre varias veces y allí todos los trataban siempre como si fueran japoneses”.

Como no hablaba bien el coreano, lo más práctico para él era hacerse pasar por un turista japonés más.

En otro pasaje de la obra, el padre del anterior personaje, también nacido en Japón, dice: “En Seúl llaman a la gente como yo bastardos japoneses, y en Japón solo soy un sucio coreano más sin importar cuánto dinero gane o lo simpático que sea”.

Tras leer estos fragmentos, pensé en los miles de nikkei peruanos que a fines de la década de 1980 y principios de la siguiente migraron a Japón.

Muchos, que en Perú creían que los consideraban japoneses (de hecho, se sentían “nihonjin”; así se identificaban), descubrieron en Japón que no lo eran. Los japoneses no los veían como compatriotas, sino como extranjeros.

En aquellos tiempos varias veces escuché decir: “En Perú somos japoneses, en Japón somos peruanos. ¿Qué somos?”. Creo que las personas que lo decían podrían identificarse hasta cierto punto con los pensamientos y palabras de los personajes de Pachinko.

Recuerdo que una nikkei, después de estar aproximadamente un año en Japón como dekasegi, sugirió que —en vista de que en Perú eran japoneses y en Japón peruanos— una alternativa sería que todos los nikkei se fueran a una isla para crear su propia patria.

Lo dijo en broma, claro, pero detrás del humor latía la necesidad de encontrar un espacio de pertenencia, donde los nikkei no se sintieran excluidos.

La necesidad de hallar un tercer lugar (ni donde nacimos, ni donde nacieron nuestros antepasados) que expresaba la nikkei la sentí en otro personaje de Pachinko, una coreana nacida en Japón que convirtió a Estados Unidos (California, en particular) en su destino soñado.

“Para Yumi, ser coreana era solo otra horrible carga, como ser pobre o tener una familia indigna de la que no podías librarte. ¿Por qué irse a vivir allí (Corea)? Tampoco se imaginaba quedándose en Japón, que era como una madrastra a la que quieres y que se niega a quererte, así que Yumi soñaba con Los Ángeles”.

Yumi se emparejó con una persona como ella (un coreano nacido en Japón). Su sueño lo abarcó. “Quería que ambos se fueran a Estados Unidos a construir una vida donde no fueran despreciados o ignorados. No se imaginaba criando a un niño en Japón”.

¿Qué ocurrió con Yumi? ¿Cumplió su sueño de vivir en California? Hay que leer la novela.

TERREMOTO Y SAQUEOS 

Los ataques a los coreanos tras el terremoto de Kanto en 1923 me hizo pensar en los saqueos a los negocios y casas de los inmigrantes japoneses en Perú en 1940, haciendo la salvedad de que lo primero fue muchísimo peor (en Perú hubo daños materiales, pero no una matanza ni por asomo).

Sin embargo, en ambos casos los coreanos en Japón y los issei en Perú fueron atacados por turbas espoleadas por gruesas mentiras (en Perú se decía que los japoneses eran la punta de lanza del ejército japonés para penetrar en el país, que almacenaban armas de manera secreta, etc.).
 

“¡NO ERES EXTRANJERO!”

“¿Por qué en Japón se distingue todavía a los residentes coreanos que llevan aquí cuatro putas generaciones? Tú naciste aquí. ¡No eres extranjero! Es una locura. Tu padre nació aquí. ¿Por qué tienen pasaportes surcoreanos? Es rocambolesco”.

Quien dice esto es una chica estadounidense de padres coreanos que no entiende cómo su novio, nacido en Japón de padre japonés, no tiene la nacionalidad japonesa.

Al leer esto me acordé de un destacado ciclista nisei, Teófilo Toda, campeón nacional de Perú, que no pudo participar en un torneo sudamericano en la década de 1950 porque el gobierno peruano le negó el pasaporte para viajar, una manera abierta de desconocer su peruanidad.

Ahora bien, la semejanza acaba ahí, pues Perú, a diferencia de Japón, reconoce como nacionales a todas las personas nacidas en su territorio. Así las cosas, los nikkei siempre han tenido la nacionalidad peruana.

Para finalizar, me quedo con uno de los personajes de Pachinko, un inmigrante coreano en Japón, quizá uno de los más sensatos y lúcidos, y cuyas reflexiones creo que tienen alcance universal (para coreanos, japoneses, nikkei peruanos y el resto de la humanidad).

“Yoseb no veía sentido a que nadie muriera por su país o algún otro ideal. Él solo entendía de supervivencia y familia”, se lee en la novela.

Luego: “¿Los coreanos querían que Japón ganara (la guerra)? Joder, no, pero ¿qué sería de ellos si ganaban los enemigos de Japón? ¿Se salvarían? No parecía probable. Sálvate el culo: en esto era en lo que los coreanos creían. Salva a tu familia. Llénate la barriga. Presta atención y sé escéptico con aquellos que están al mando. Si los nacionalistas coreanos no consiguen recuperar su país, haz que tus hijos aprendan japonés e intenta seguir adelante. Adáptate. ¿No era tan sencillo como eso? Por cada patriota luchando por una Corea libre, por cada (coreano) traidor luchando por Japón, había diez mil compatriotas que solo intentaban llevar un plato a la mesa. Al final, el estómago es tu emperador”.

Claro está que no todo puede reducirse al estómago, que hay luchas necesarias, pero quizá deberíamos escuchar más a gente como Yoseb.


Tráiler

 

© 2022 Enrique Higa Sakuda

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