Select a primary language to get the most out of our Journal pages:
English 日本語 Español Português

We have made a lot of improvements to our Journal section pages. Please send your feedback to editor@DiscoverNikkei.org!

Aprendizaje en directo

Víctor Makino, testigo de los saqueos a propiedades japonesas en Lima durante la Segunda Guerra Mundial (canal de YouTube de la Asociación Peruano Japonesa).  

Era solo un niño, pero lo recuerda como si fuera nuevamente testigo. Desde una ventana en el segundo piso de su casa en Lima, Víctor Makino veía cómo delincuentes irrumpían en negocios y casas de familias japonesas para robar sus pertenencias.

Fue en mayo de 1940, hace más de 80 años, pero aún conserva recuerdos precisos, como los apellidos de algunos damnificados, sus vecinos: los Onaga, propietarios de un bazar, y los Tsuboyama, dueños de una tienda de telas recién inaugurada.

Víctor Makino, hoy un octogenario, también vio a los ladrones llevándose los asientos de una peluquería de japoneses.

Los malandros actuaron con impunidad. La policía no intervino, los dejó destruir a sus anchas.

La familia Makino tenía una ferretería en el primer piso, debajo de su casa. Por suerte, no sufrió daños gracias a unos vecinos peruanos que salieron en su defensa.

El mundo estaba sacudido por la Segunda Guerra Mundial, y si bien el Perú no tuvo participación en ella, algunos de sus residentes padecieron su impacto, entre ellos los inmigrantes japoneses y sus descendientes, blancos del gobierno peruano, aliado de Estados Unidos.

Los miembros de la comunidad nikkei sabemos de los saqueos de 1940, probablemente el pico de la rapacería contra los japoneses en el Perú, por relatos de parientes o libros.

Sin embargo, por lo general los relatos no suelen ser testimonios de primera mano, sino recuerdos prestados, de nisei que no habían nacido o eran muy chicos aquel día, y que conservan una narrativa transmitida por sus padres.

Por eso, testimonios como los de Víctor Makino, excepcionales por su escasez ante el inexorable avance del tiempo, son tan valiosos y uno de los privilegios que otorga formar parte del equipo de investigación del ciclo de conversatorios “Memorias nikkei”, organizado por la Asociación Peruano Japonesa para recopilar vivencias sobre la historia de la inmigración japonesa al Perú.

LA HISTORIA TE HABLA

Cuando la historia tiene rostro y voz, nombre y emociones a flor de piel, atrapa como a veces no pueden la letra impresa o el dato duro. Cuando la pandemia de coronavirus sea historia, los peruanos recordaremos con espanto que más de 200 mil paisanos murieron por la peste. No obstante, más que la horripilante cifra, nos dolerá el sufrimiento personal por la muerte de un ser querido, la agonía por la falta de oxígeno o de camas de hospital. Lo que duele, golpea o conmueve es el drama concreto, no la abstracción estadística.

Esto, salvando las distancias, es lo que siento cuando la historia me llega expresada en vivencias personales de la gente entrevistada para los conversatorios. Es un gran aprendizaje.

No todas son historias de libro, de esas que se narran con precisión notarial y que producen titulares periodísticos (como los saqueos). También hay historias que pertenecen a la esfera de las relaciones privadas, que más que contarse se viven, que pasan por debajo del radar de los textos que solo cobijan los grandes hechos.

Por ejemplo, la rivalidad o tirantez entre inmigrantes de la “isla grande” y los okinawenses. La verdad, nunca le había prestado atención a eso. Crecí creyendo que todos los nikkei en el Perú eran de origen okinawense. Ya de grande me enteré de que no era así, pero pensaba que tener ancestros de una u otra prefectura no hacía ninguna diferencia, nikkei es nikkei. Por eso no le daba importancia a ese asunto, pertenecía a una época que no era la mía, era un rezago que no me concernía.

Sin embargo, escuchar al periodista Alfredo Kato contar que su padre, un inmigrante de la prefectura de Fukushima, despotricaba contra los okinawenses y los detestaba hasta el extremo de prohibir a sus hijos relacionarse con una familia vecina oriunda de Okinawa, me hizo darme cuenta de que no fue un tema menor en la historia de la inmigración japonesa.

Una triste realidad que, por fortuna, comenzó a revertirse en las mismas personas contenedoras de prejuicios. Alfredo Kato recordó que cuando su hermana se enamoró de un nisei de ancestros okinawenses pudo persuadir a su padre de que no pusiera trabas al matrimonio de su hija con el uchinanchu, haciéndole comprender que los tiempos estaban cambiando.

Alfredo Kato, testigo de los prejuicios contra la comunidad de origen okinawense en el Perú (canal de YouTube de la Asociación Peruano Japonesa).

Como en el caso anterior, un hecho o una materia ganan en impacto, en brillo, cuando la enunciación (las fricciones entre dos grupos de un colectivo étnico) se hace carne (dos familias japonesas separadas por la discriminación). En momentos así, sientes que la historia te habla.

CONTRA LA IGNORANCIA

Memorias nikkei, ciclo de conversatorios sobre la historia de la inmigración japonesa al Perú (Asociación Peruano Japonesa).

Mientras más aprendes, más grande es la conciencia de tu ignorancia. Creo que eso es bueno porque te incentiva a continuar aprendiendo. En el caso de “Memorias nikkei”, la ignorancia a la que me refiero (la mía) no se trata tanto del desconocimiento de acontecimientos (que también) como de mentalidades, actitudes, idiosincrasias, vivencias, etc., de una generación, la nisei, anterior a la que yo pertenezco.

Cuando eres joven, eres de gatillo fácil. No piensas mucho, no te informas lo suficiente, y disparas. Los matices desaparecen, el contexto no existe. Las sentencias son martillazos. No hay espacio para la ambigüedad o la duda. Y la diana de tus críticas suelen ser gente mayor, de generaciones anteriores, por conservadores o desfasados, porque cuando eres joven crees que estás inventando el mundo.

No reconoces las obras o el patrimonio moral heredado porque los das por sentado, como el Sol en verano, ignorando que fueron construidos por tus antepasados, que donde no había nada ellos edificaron un acervo y una infraestructura de los que te beneficias aunque no hayas contribuido en nada.

Por poner un ejemplo, cuando era chico iba a la Asociación Estadio La Unión (AELU) a jugar fútbol y divertirme en la piscina. Si hubiera nacido 20, 25 años antes, cuando el club aún no existía, habría tenido que jugar en la calle o un parque. Y si hubiera nacido unos 40 años antes, habría sido quizá un nisei de preguerra que no podía practicar deporte en grandes espacios públicos, de donde era expulsado a punta de gritos xenófobos. Y probablemente habría sido testigo del esfuerzo de los inmigrantes japoneses por construir un campo deportivo para sus hijos, entonces niños o jóvenes.

Lo anterior no significa, por supuesto, suscribir con puntos y comas todo lo que digan ellos, pero te ayuda a comprender (lo que implica, por ejemplo, encuadrar las cosas en su contexto, nada ocurre en el aire), te enseña a relativizar tus juicios u opiniones, a empatizar, a situarte como parte de un colectivo. Incluso discrepando en varios temas (como la idealización de la imagen de la comunidad nikkei), puedo entender sus puntos de vista.

No sé si en otros países se dice mucho, pero en el Perú a menudo se utiliza la expresión “la ignorancia es atrevida”. Lo sé por experiencia propia. Gracias a “Memorias nikkei”, la ignorancia está aprendiendo a ser menos atrevida.

 

© 2021 Enrique Higa Sakuda

Alfredo Kato Memorias nikkei Peru Víctor Makino